El perfil del gobernante: Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás, para hablar de lo que es el oficio del rey (gobernante), usa un ejemplo tomado de la filosofía natural, concretamente de la psicología, y dice que el rey es al reino como el alma al cuerpo, y aun como Dios al mundo.

Dice que en el hombre se da el gobierno particular, «por lo cual el hombre es llamado mundo menor, porque en él se halla la forma del gobierno universal; por- que así como todas las criaturas corporales y todas las virtudes espirituales están debajo del gobierno divino, así los miembros del cuerpo y las demás potencias del alma son regidas por la razón; y así en esta manera se halla la razón en el hombre como Dios en el mundo». Pero, como el gobernante viene a ser, o tiene que ser, la razón de la sociedad, el rey es como el alma en el cuerpo, y a semejanza de Dios en el mundo; de ahí la importancia que tiene el que sea justo, clemente y amable para con sus súbditos.


Es decir, el rey es el que establece el orden. Y el orden es una operación de la razón, por la cual ésta dispone las cosas de manera analógica, tramando sus relaciones convenientes. El orden es la relación adecuada, y la relación adecuada se da según la analogía, aplicación hecha por la razón y la prudencia, que es la razón de lo concreto y práctico. Por eso la prudencia y la justicia van unidas, pues la justicia no es más que el correcto orden de la sociedad, en el que se plasma el bien común, y ese orden sólo puede alcanzarlo la prudencia. La prudencia es la analogía puesta en práctica, y también lo es la justicia, como producto de ésta, y lo mismo son la templanza y la fortaleza, pues la templanza es la moderación, acorde a la proporcionalidad de la analogía, y la fortaleza es el designio de permanecer en esa actitud sin desfallecer de ella.’2 Todo esto tiene una gran actualidad, esto es, una fuerte vigencia en nuestros tiempos, al menos como ideal regulativo, ya que el gobernante, ahora en la democracia, tiene la misma exigencia de deliberación y consejo, tanto propio como a través de sus asesores, etc., que tenía el prudente o frónimos, según lo llamaba Aristóteles. Hans-Georg Gadamer ha puesto nuevamente en circulación la idea de la prudencia o frónesis aristotélica, a veces con demasiada desconexión de la razón teórica, partiendo únicamente de la razón práctica; en ello lo ha seguido muy de cerca Alasdair Maclntyre, que centra en esa noción el peso fuerte de la justicia, tanto la legal como la distributiva, es decir, la legalidad o legitimidad de los estados. Para evitar la tiranía, para evitar ser devorados por la burocracia deshumanizante, para evitar la impersonalidad, que se siente cada vez más en las disposiciones gubernamentales, tiene que darse un recurso a la prudencia o frónesis, y eso es igual que recurso a la analogía.


Muchas veces el rey es el propio fundador del reino. Por eso una de las cosas que Tomás adjudica al rey es el mismo oficio de fundar: «También como a las demás artes les da materia la naturaleza para sus obras, y el herrero toma el hierro, y el que edifica la madera y las piedras para el uso de su arte, así es necesario al fundador de una ciudad o de un reino, lo primero elegir sitio a propósito que siendo saludable conserve los habitantes, y que por la fertilidad les produzca suficientes mantenimientos, y que deleite con su amenidad, y con las defensas haga los moradores seguros de sus enemigos, y cuando faltare alguna de estas comodidades, tanto será el sitio mejor cuanto tuviere más de ellas o de las más necesarias».

Eso por lo que toca a la fundación, que en ocasiones correspondió a los propios gobernantes. Pero no queda ahí la cosa, sino que hay que avanzar en las atribuciones posteriores del gobernante: «Y después conviene que el fundador del reino o ciudad divida el lugar que ha elegido, según lo piden las cosas que se requieren para la perfección del reino o de la ciudad; como si se hubiese de fundar un reino, conviene advertir qué sitio es bueno para fundar las ciudades, cuál para las aldeas, y cuál para las fortalezas y castillos; adónde se deba instituir el estudio de las letras, adónde los ejercicios de los soldados, y las juntas de los mercaderes y negociantes, y así las demás cosas que requiere la perfección de un reino; y si se fundare alguna ciudad, con- viene señalar en qué lugares hayan de estar los templos, en cuál el tribunal de la justicia, y cuál se deba disputas a cada género de artífices, y demás de esto conviene juntar los hombres y dividirlos en lugares convenientes a sus oficios; y finalmente se ha de tratar de que todos tengan lo necesario, según el ser y el estado de cada uno, porque de otra manera de ninguna suerte podría permanecer el reino ni la ciudad». Con esto se ve que el bien común al que mira el príncipe no se puede entender, como quisieron algunos escolásticos, como las cosas comunes que se distribuyen (cargos, oficios y funciones públicas), sino que abarca también todos aquellos bienes, materiales y culturales, que requieren los individuos en la sociedad, como acaba de decir el Aquinate, según el ser y estado de cada uno.


Otra comparación que usa Sto. Tomás para el rey es la del piloto: «y hase de considerar que el gobernar no es más que encaminar una cosa el que gobierna a su conveniente fin, como se dice que una nave es gobernada cuando la industria del piloto por derecho camino y sin daño la guía al puerto». El rey tiene que conservar al estado en el ser y en la consecución de su perfección. No basta con haberlo fundado, tiene que fomentarlo, promoverlo: «así también acontece al hombre, porque el médico trata de conservarle en salud, y el padre de familia de que tenga las cosas necesarias para la vida; el maestro, de que conozca la verdad, y el ayo de las costumbres, para que viva conforme a razón». Así, el rey es para el estado médico, padre, maestro y ayo. Le toca cuidar su salud, su sostenimiento, su educación y su virtud.


Conocedor del fin de la sociedad, el gobernante debe disponer los medios que conducen a la consecución de aquél. Todo se ordena a ese fin, que es el bien: «al bien común del pueblo se ordenan como a su fin cualesquiera bienes particulares que los hombres procuran, ahora sean riquezas, ahora ganancias, salud, facundia o erudición». Debe mandar lo que conduce a ese fin-bien, y debe estorbar lo que desvía de él. Debe buscar los medios para llegar a la virtud, y debe conseguir todos los medios materiales que ayuden a llegar a ella; por eso también tiene que procurar el bienestar material a su pueblo, como medio para llegar a la virtud.” Así, para lograr el bien común, que es la justicia, se requieren tres cosas en el grupo humano: «Lo primero, que los de él se junten y constituyan en conformidad de paz. Lo segundo, que unidos con ese vínculo sean encaminados al bien obrar; porque así como el hombre ninguna cosa puede hacer bien, si no es presupuesta la unión y conformidad de sus partes, así una muchedumbre de hombres, si carece de esta unión y de la paz, contradiciéndose a sí misma se impide en el bien obrar. Y lo ter- cero, se requiere que por industria del gobierno haya suficiente copia de las cosas que son necesarias para el bien vivir». Por eso el rey debe tener cuidado de los puestos de gobierno, para que se den bien las sucesiones, las elecciones, etc.; de las leyes, con sus premios y castigos, para que no se perturbe la paz; y de la defensa contra los enemigos exteriores.

Por supuesto que, para Tomás, la vida virtuosa y el bien común son el fin remanente que se ordena al trascendente, que es Dios, esto es, a su contemplación: «No es, pues, el último fin de una muchedumbre de hombres congregada el vivir conforme a virtud, sino alcanzar la fruición divina por medio de la vida virtuosa».

Habla además el Aquinate de cómo y dónde deben fundar los reyes las ciudades, fortalezas y castillos. Señala que el rey debe procurar la abundancia de bienes materiales, mas para que se haga uso moderado de ellos. Alude a dos modos de conseguir esos bienes materiales: uno es por el cultivo de la tierra, el otro es por el comercio, y, en seguimiento de Aristóteles, dice que es preferible el primero, por ser más natural. Es decir, piensa que es mejor tener autonomía en las necesidades, que depender del comercio para conseguir los satisfactores. Además, las guerras, el robo y las malas comunicaciones dificultarán el acceso de lo que se necesite. Igualmente, el demasiado flujo de mercaderes extranjeros influirá en las costumbres de los ciudadanos. Por eso hay que usar del comercio con mucha moderación. Y de todos los bienes hay que hacer uso moderado, para combatir la molicie o el demasiado deleite, así como la ambición y otros vicios.

Como se ve, Tomás sigue a Aristóteles en su ideal de una sociedad lo más natural posible, entendida la naturalidad como el cultivo de la tierra para satisfacer sus necesidades, y no tanto mediante el comercio, que implica aquella crematística, pecuniaria, o enriquecimiento en dinero, que parecía antinatural al Estagirita. Ha de procurarse el método más natural y humano.

Estudio del que se saca la reflexión: Santo Tomás de Aquino y Del gobierno de los príncipes. Mauricio Beuchot, UNAM, México.

Introducción.

Contexto histórico.

Necesidad de la existencia del gobierno.

La mejor forma de gobierno.

La finalidad del estado y del gobierno: el bien común.

El perfil del gobernante (expuesto en este post).

Conclusiones.

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