Introducción
El concepto de Ordo Amoris (Orden del Amor) es una de las claves fundamentales de la ética cristiana. San Agustín, en su obra De Civitate Dei, afirmó que el orden correcto del amor es lo que define la justicia: «La virtud consiste en el orden del amor» (ordo amoris). Santo Tomás de Aquino retoma este concepto en la Suma Teológica (II-II, q. 26, a. 3), explicando que el amor debe estar orientado correctamente según el fin último del ser humano: Dios.
En la actualidad, vivimos en un mundo donde el desorden del amor es evidente en múltiples áreas: en la familia, en la política, en el uso de los bienes materiales y en la búsqueda de la felicidad. Aplicar el Ordo Amoris no es solo una cuestión teórica, sino una necesidad práctica para una vida justa y armoniosa.
1. El Ordo Amoris en los Padres de la Iglesia
San Agustín, el primero en formular explícitamente este concepto, explica:
«El orden del amor es que amemos primero lo que es más importante y después lo que es menos, de acuerdo con la jerarquía establecida por Dios» (De Doctrina Christiana, I, 27).
Esto significa que Dios debe ser amado por encima de todo, y que los demás amores (a uno mismo, a los demás y a las cosas materiales) deben estar subordinados a este amor supremo.
San Gregorio Magno también habla de la importancia de amar correctamente:
«Si amamos a Dios como debemos, entonces nuestros otros amores se ordenan naturalmente. Pero si amamos más las cosas del mundo que a Dios, caemos en la confusión y la injusticia.» (Moralia in Job, XXXI, 45).
Santo Tomás de Aquino profundiza esta idea distinguiendo entre el amor de concupiscencia (cuando se ama algo por su utilidad) y el amor de amistad (cuando se ama a alguien por sí mismo). El desorden ocurre cuando amamos las criaturas más que al Creador, o cuando damos prioridad a bienes inferiores en lugar de a los bienes superiores.
2. Aplicaciones del Ordo Amoris en la Vida Moderna
La enseñanza del Ordo Amoris no es un concepto abstracto; tiene aplicaciones prácticas en la vida diaria y en los desafíos actuales de la sociedad. Veamos algunos ejemplos concretos:
a) El Desorden del Amor en la Cultura del Consumismo
En la actualidad, muchas personas colocan el dinero y los bienes materiales en el centro de su vida, desordenando así su jerarquía de amores. En lugar de usar las cosas materiales para servir a Dios y a los demás, las convierten en un fin en sí mismas. Santo Tomás advierte:
«La avaricia es un pecado contra Dios, porque el hombre no debe poner su fin último en los bienes temporales» (Suma Teológica, II-II, q. 118, a. 1).
Un ejemplo de este desorden es la explotación laboral por el deseo de lucro excesivo o el consumismo desenfrenado, donde las personas buscan la felicidad en la acumulación de bienes en lugar de en el amor a Dios y al prójimo.
b) El Ordo Amoris en la Familia
Un gran problema actual es la crisis de la familia, donde el amor a uno mismo o a las comodidades materiales desplaza el amor al cónyuge y a los hijos. El Papa San Juan Pablo II, en Familiaris Consortio, recuerda que la familia debe estar ordenada por el amor sacrificial, no por intereses egoístas.
Un ejemplo positivo del Ordo Amoris en la familia sería cuando los padres priorizan la educación y formación moral de sus hijos por encima del éxito profesional o el bienestar material.
c) La Política y el Bien Común
San Agustín advierte que cuando los gobernantes aman más el poder y el prestigio que la justicia, se corrompen fácilmente. Hoy en día, vemos cómo muchos líderes políticos buscan su beneficio personal antes que el bien común.
Un ejemplo de Ordo Amoris bien aplicado en política es el trabajo de líderes que buscan el bien de los más necesitados, promoviendo políticas justas en lugar de utilizar el poder para enriquecerse. Un caso concreto sería la lucha contra la pobreza basada en principios de justicia y solidaridad, en vez de estrategias populistas que solo buscan votos.
d) La Jerarquía del Amor: Familia, Vecino, Patria y Extraños
Santo Tomás de Aquino enseña que el amor debe seguir un orden natural basado en la cercanía y la responsabilidad moral:
“Debemos amar más a aquellos con quienes estamos más estrechamente unidos por la sangre, el lugar y la amistad” (Suma Teológica, II-II, q. 26, a. 8).
Este orden nos dice que primero debemos amar y cuidar de nuestra familia, pues es la comunidad más cercana y donde tenemos las mayores responsabilidades. Luego, viene el vecino, con quien compartimos la vida cotidiana. Después, el compatriota, pues la patria es una extensión de la comunidad familiar. Finalmente, debemos amar a los extraños, sin excluirlos, pero reconociendo que nuestra obligación inmediata es con quienes están más próximos.
Un ejemplo práctico de esto es la caridad: si alguien tiene recursos limitados para ayudar, su deber moral es primero con su familia necesitada antes que con desconocidos en otro país. Sin embargo, esto no significa ignorar a los demás, sino aplicar el principio de subsidiariedad: ayudar primero donde nuestra responsabilidad es mayor y luego extender la ayuda según nuestras posibilidades.
También en el orden del amor hay que amar primero al necesitado que al que no lo está, aunque sea más cercano este último.
Conclusión
El Ordo Amoris nos recuerda que el amor debe tener un orden adecuado: primero Dios, luego el prójimo, después nosotros mismos y finalmente las cosas materiales. En una sociedad donde el amor está desordenado, recuperar esta enseñanza es clave para vivir con justicia y armonía.
Siguiendo a los santos Padres y a Santo Tomás, podemos discernir qué es verdaderamente importante y ordenar nuestra vida de acuerdo con el plan divino. El mundo necesita más que nunca esta sabiduría para evitar la confusión y vivir conforme al verdadero bien.









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