Durante demasiado tiempo, muchos católicos han aceptado una mentira cómoda: que la política es un terreno pantanoso del que conviene mantenerse al margen para no mancharse, para no discutir, para no perder una supuesta “pureza espiritual”. Se ha repetido hasta el cansancio que la fe pertenece al ámbito privado, que la Iglesia debe limitarse a rezar, y que la política es cosa de otros. Esta mentalidad no es neutral ni inocente: es una claudicación moral, una renuncia práctica a transformar el mundo según el Evangelio.
El silencio político del católico no es prudencia, es abandono. No es respeto, es miedo. No es humildad, es pereza espiritual. Y ese silencio, lejos de ser evangélico, favorece siempre a quienes imponen leyes injustas, culturas de muerte y estructuras de pecado. El Evangelio nunca fue una invitación a la comodidad ni a la irrelevancia social. Cristo no murió para que sus discípulos se escondieran detrás de una espiritualidad intimista mientras el mundo se organiza contra la dignidad humana.
La Iglesia no es de derechas ni de izquierdas, pero eso no significa que sea neutral, ni mucho menos muda. La neutralidad moral ante la injusticia no es cristiana. La Doctrina Social de la Iglesia existe precisamente porque la fe tiene algo que decir —y mucho— sobre cómo se gobierna una sociedad, cómo se distribuyen los bienes, cómo se protege la vida, cómo se educa, cómo se legisla, cómo se trata a los pobres, a los migrantes, a los débiles y a los no nacidos.
La trampa ideológica: cuando la política dicta la fe y no al revés
Uno de los grandes fracasos del catolicismo contemporáneo ha sido permitir que las ideologías políticas marquen los límites del discurso cristiano. Hay católicos que callan ante el aborto porque “eso es de derechas”. Otros callan ante la explotación económica porque “eso es de izquierdas”. El resultado es un cristianismo amputado, selectivo, domesticado, perfectamente compatible con cualquier sistema injusto mientras no incomode demasiado.
La Iglesia, sin embargo, ha criticado con claridad tanto el liberalismo económico salvaje como el colectivismo socialista, tanto el capitalismo deshumanizado como el comunismo ateo. León XIII lo dejó claro en Rerum Novarum: ni el mercado puede ser un ídolo, ni el Estado puede absorber la libertad del individuo. Juan Pablo II insistió en que la caída del comunismo no legitima automáticamente el capitalismo como sistema moralmente aceptable. Benedicto XVI denunció una economía sin ética y sin rostro humano. Francisco habla sin rodeos de una economía que mata.
Y, aun así, muchos católicos siguen actuando como delegados de partido con rosario en el bolsillo, incapaces de criticar aquello que su opción política hace mal, aunque contradiga frontalmente el Evangelio. Esto no es compromiso político cristiano; es servidumbre ideológica.
Hablar de política no es opcional: es una obligación moral
El católico no sólo puede hablar de política: debe hacerlo. No desde la opinión personal, no desde el insulto, no desde el fanatismo, sino desde los principios objetivos de la Doctrina Social de la Iglesia. Callar ante leyes injustas no es neutralidad, es complicidad. No denunciar la cultura de la muerte es permitir que avance. No señalar políticas que destruyen la familia, la vida o la dignidad humana es aceptar que otros decidan el rumbo moral de la sociedad.
Santo Tomás de Aquino enseñó que el bien común es el fin de la política y que el ciudadano virtuoso tiene el deber de colaborar activamente en él. Para Tomás, la política no es un mal necesario, sino una dimensión natural de la vida moral del ser humano. El gobernante virtuoso y el ciudadano responsable no buscan su interés, sino la justicia. La virtud no es decorativa; es operativa.
Por eso, el católico que se refugia en el “yo no hablo de política” no es más espiritual: es menos responsable. La fe que no se traduce en compromiso público es una fe mutilada.
No basta con opinar: hay que liderar y actuar
Otro error frecuente es creer que basta con comentar, con indignarse en privado o con publicar frases piadosas mientras las estructuras injustas siguen intactas. La Doctrina Social de la Iglesia no está pensada para tranquilizar conciencias, sino para transformar la realidad. Benedicto XVI fue explícito al afirmar que la política es una forma eminente de caridad, una caridad institucional que busca cambiar estructuras, no sólo aliviar consecuencias.
Esto implica que, ante los grandes asuntos del mundo —guerras, persecuciones religiosas, crisis migratorias, injusticias económicas, ataques a la vida— los católicos no pueden ir a remolque de la agenda política dominante. No basta con reaccionar tarde y mal. Hay que anticiparse, proponer, organizar, presionar, construir alternativas, asumir costes.
Cuando se persigue a cristianos, cuando se bombardean poblaciones, cuando se legisla contra la vida, cuando se normaliza la corrupción, cuando se degrada la dignidad humana, el silencio eclesial y la tibieza laical no son virtudes, son fallos históricos.
La política como campo de misión y combate moral
La Doctrina Social de la Iglesia abarca muchos ámbitos: la familia, el trabajo, la educación, la cultura, la economía. Pero la política tiene un peso singular, porque es el espacio donde esas realidades se protegen o se destruyen por ley. Quien controla la legislación, controla en gran medida la cultura. Por eso, abandonar la política es entregar las llaves de la sociedad a quienes no creen en la verdad, en la ley natural ni en la dignidad inviolable de la persona.
La Iglesia no necesita políticos “católicos de etiqueta”, sino líderes virtuosos, formados, coherentes, dispuestos a pagar el precio de la fidelidad. Líderes que no pidan permiso para defender la vida, la familia, la justicia social, la libertad religiosa. Líderes que no adapten el Evangelio a las encuestas.
Juan Pablo II advirtió que una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo encubierto. Francisco insiste en que la política no puede ser rehén de intereses económicos ni ideológicos. León XIII ya denunció la explotación del trabajador cuando muchos preferían mirar a otro lado.
O se transforma la política o la política devora la fe
El católico no puede vivir a la defensiva ni resignado. No está llamado a sobrevivir en el mundo, sino a transformarlo. La Doctrina Social de la Iglesia no es un adorno doctrinal, es una hoja de ruta exigente. Callar hoy no es prudencia: es traición al mandato de amar al prójimo también en las estructuras que determinan su vida.
Hablar de política con claridad, respeto y valentía no es fanatismo; es fidelidad. Liderar la opinión y la acción desde la fe no es arrogancia; es responsabilidad histórica. El Evangelio no se vota, pero sí se encarna, y hoy se encarna también en leyes, decisiones, políticas públicas y liderazgo moral.
El cristiano que entiende esto deja de pedir permiso para existir en la plaza pública. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser un terreno hostil y se convierte en un verdadero campo de misión.









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