La carta de Santiago es directa, concreta y profundamente realista. No se mueve en ideas abstractas ni en grandes discursos teológicos, sino en la vida cotidiana del creyente. Por eso, cuando aborda el sufrimiento, no ofrece teorías ni explicaciones complicadas. Da una indicación sencilla y radical: «¿Está afligido alguno de vosotros? Que ore».
El sufrimiento no se niega, se presenta a Dios
Santiago no dice que el cristiano no deba sufrir. Al contrario, da por supuesto que habrá momentos de tristeza, angustia, cansancio interior y dolor. La fe no elimina automáticamente el sufrimiento, pero le da un lugar. El problema no es sufrir, sino sufrir solos, encerrados en nosotros mismos, rumiando el dolor sin abrirlo a Dios.
Orar en la aflicción no es evadirse, ni anestesiar el problema. Es poner la herida delante del Señor, sin disimulos, como está. La oración en el dolor es muchas veces pobre, seca, incluso silenciosa, pero es verdadera. Dios no pide palabras bonitas, pide un corazón que se deje mirar.
La oración como acto de confianza
Cuando Santiago invita a orar al que sufre, está llamando a un acto profundo de confianza. Orar en la tristeza significa creer que Dios está presente incluso cuando no se le siente, que escucha incluso cuando parece callar. Es decirle: “Señor, no entiendo lo que me pasa, pero no me aparto de ti”.
Esta oración no siempre cambia de inmediato las circunstancias, pero sí cambia el corazón. El dolor compartido con Dios deja de ser un peso aplastante y se convierte en camino. No porque desaparezca, sino porque ya no se carga solo.
Unir el sufrimiento a Cristo
Para el cristiano, la oración en el sufrimiento tiene un rostro: Cristo crucificado. Jesús no eliminó el dolor de la cruz, pero lo transformó en lugar de salvación. Cuando el creyente ora en su aflicción, une su herida a la herida de Cristo. Y entonces el sufrimiento, sin perder su dureza, adquiere sentido.
Orar en la tristeza es decir: “Señor, esto me duele, pero lo pongo en tus manos. Úsalo para amar más, para crecer, para no endurecerme”. Así, el sufrimiento deja de cerrar el corazón y empieza, poco a poco, a abrirlo.
Una fe concreta, encarnada
Santiago nos recuerda que la fe cristiana se vive en lo concreto de la vida. Cuando hay alegría, se canta. Cuando hay sufrimiento, se ora. La oración no es solo para los momentos luminosos, sino especialmente para los oscuros. Ahí se purifica, se hace más humilde y más verdadera.
Por eso, esta frase tan breve encierra una sabiduría profunda: no huyas del dolor, no lo absolutices, no lo ocultes. Llévalo a Dios. Ora. Y deja que Él haga su obra, a su tiempo y a su manera.









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