El líder dialoga para buscar la verdad

Diálogos sobre Dios es un libro, escrito en forma de diálogo, que está dedicado a la ontología, es decir, a comprobar qué hay o no hay fuera de mis propios pensamientos. En él partí de la base de que, para conseguir acceder a la realidad, lo único que me podía dar luz era la primera Verdad: tenía que encontrar el fundamento de la realidad, eso que los antiguos griegos llamaron ἀρχή (arjé), en cuanto que es arquetipo y principio de todo lo que hay. Yo he seguido llamándole así, y también «dios», escrito con minúscula. De hecho es lo que han buscado todos los filósofos, incluidos los escépticos. Milesios, eléatas y otros buscaban el verdadero «arjé» utilizando este mismo término, y Aristóteles escribió en su Metafísica (981b y 1058b) que la sabiduría versa sobre las primeras causas y los principios, sobre el ἀρχή, al que identificaba con Θεός, Dios.

Después filósofos de todos los tiempos y lugares, como Descartes —el cual pensaba que en la sabiduría hay un principio de cuya verdad depende la de todas las demás (Principios de Filosofía, Prefacio)—, o como Marx en su tesis doctoral, han buscado el arjé, sin duda impulsados por los principios de causalidad en el campo del ser y de contradicción en el de conocer. De manera que me propuse buscar con sumo cuidado el arjé verdadero, primer ser, primera verdad y primera vida que da sentido a todo ser, ya que un error en su elección sería fatal, pues supondría que el resto de nuestros conocimientos serían erróneos y creyendo saber más nos estaríamos engañando más.

¿Quién o qué es ese primer ser que da sentido a todos los demás? Lo primero que constaté es que existe, siempre, y que puede ser cualquier cosa. Necesariamente todos creemos en una verdad última que nos da una determinada visión de la existencia y envuelve todo lo que decimos y hacemos, como bien señaló Kant toda persona tiene su «dios» (Opus postumum, XXI, 83), en cuanto que cree en algo o en alguien como fundamento del mundo. En este sentido, añado yo, el ateísmo no existe.

Nuestra razón es arquitectónica (Crítica de la razón pura, B 474), lo que supone que cada uno de sus conocimientos se demuestra por otro anterior, y dado que no podemos llegar así hasta el infinito necesariamente llegamos a una primera Verdad (el arjé) que es fundamento de todo y no se fundamenta en otra. Por esa razón en el ἀρχή se cree, se tiene fe (lo conocemos por lo que Descartes llama intuición), sea el que fuere, por definición, caso contrario no sería primera Verdad.

Lo cual no quiere decir que no quepan demostraciones de su existencia, pues los efectos dan pruebas, pero siempre se tratará de demostraciones a posteriori y en hipótesis, no categóricas. Sobre esta base el teatro del mundo nos muestra que el ser humano es capaz de creer en cualquier cosa, especialmente en las actuales circunstancias de postmoderna anarquía mental. Recordemos aquel filósofo hindú que imaginó que la tierra está sostenida por un elefante, y éste a su vez por una tortuga. El hindú concluyó que el fundamento del mundo es la tortuga, pero bien podía haber puesto debajo de ella otra cosa que la sostuviera, en tal caso su dios no sería dicha tortuga sino ésta otra cosa.

Parece evidente que el fundamento de la realidad no es una tortuga, y también que ante cada uno de nosotros se presenta esa sencilla y radical opción: o bien se trata de algo de lo que vemos y tocamos, algo físico, o bien es algo que está más allá de la física, espiritual, algo metafísico. Esta es la gran elección. Por tanto, siendo la teología la ciencia de «dios», podemos hablar de una teología física, cuando el dios es algo físico, y de una teología metafísica, cuando se trata de un dios espiritual. Por eso está claro que si sintetizamos los tipos puros posibles de ἀρχή, nos encontramos con dos: el Mundo mismo o Dios, escrito ahora con mayúscula, es decir, en cuanto Espíritu. No obstante, considerando la gran fe que hoy día muchos tienen en el Hombre, al que adoran como a un dios (en las actuales circunstancias de postmoderna anarquía mental), cabe plantearse previamente esta posibilidad.

Hay que reconocer que el culto al Hombre es muy antiguo, comenzó ya con nuestros primeros padres, a los que la serpiente engañó prometiéndoles que serían como dioses, conocedores del bien y del mal; siguió con los sofistas y los epicúreos —para Protágoras «el hombre es la medida de todas las cosas»—; creció con el culto a la Humanidad de Comte; aumentó con el materialismo contemplativo de Feuerbach —que repetía una y otra vez: «el hombre es dios para el hombre»—, el dialéctico de Marx y Engels y el absoluto de Nietzsche; y llega a nuestros días en forma de antropoteismo y posthumanismo, como pone de manifiesto uno de los libros más difundidos, me refiero a Homo Deus, es decir, El Hombre Dios, de Harari, un profesor de historia de Jerusalén. Es el nuevo credo. Absurdo.

El fin que consiste llegar a ser dios es imposible, es una ficción que todo lo embarulla y confunde, el propio Harari reconoce que el homo sapiens ha perdido el control, es un dios autodestruido por los algoritmos y los ordenadores. No es fácil conocerse uno a sí mismo (como aconsejaba la sabia máxima escrita en el dintel del templo de Delfos), pero está claro que el hombre no es dios. Cada uno representamos nuestro papel en el teatro de este mundo, con frecuencia embarullándolo todo, y lo paradójico es que somos una mezcla de locura y racionalidad, necedad y cordura, Erasmo lo explica muy bien en un libro que dedicó a su amigo Tomás Moro titulado Elogio de la Locura: en él hace hablar a Estulticia, la Necedad, que nos dice que quienes quieren parecer sabios como unos Tales de Mileto son completamente necios, son neciamente-sabios, Erasmo utiliza la palabra «morosofos» que ya había sido empleada por Luciano.

Eso somos, animales, a veces demasiado, que hacen cosas sabias que no hacen los demás animales, como tocar el violín o buscar la verdad. Somos lo más noble y digno que hay en la tierra, es cierto, pero no somos dios. Vivimos en el mundo, sí, pero no somos su creador. No somos primer ser, ni primera verdad, ni primera vida, ni individualmente ni como humanidad. En consecuencia la famosa expresión que tanto repitió Feuerbach y asumió Harari, homo homini deus est, es falsa, un engaño, una falacia. Un hombre que quiere representar el papel de un dios es algo patético y además muy peligroso para la vida y la libertad de los demás hombres, lo hemos comprobado con frecuencia, basta recordar el holocausto. El hombre, ser limitado y sujeto al dolor, no es dios, no es arjé.

Y el Mundo, ¿es arjé?, ¿es autocontenido y eterno?, ¿es dios? También esta fe es muy antigua, y también ha vuelto a ponerse de moda. Hume cree que sí lo es, en un diálogo acerca de lo que él llamaba la religión natural llega a afirmar textualmente que «el mundo es dios»; Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación (compl. lib. 4º, cap. 50) lo identifica con un Macrohombre diabólico, un dios malo que hace lo que quiere con sus abortados hijos los hombres; Nietzsche tiene fe en un mundo en eterno retorno, sin principio ni fin; y Hawking, en un reciente libro publicado después de su muerte, opina que el Universo se creó a sí mismo de la nada.

Por el contrario, Flew, profesor de Oxford que había sido el ateo más famoso del mundo, cambió de opinión y en otro libro también reciente, titulado Dios existe, concluye que hay una serie de fenómenos —como son el origen del Universo, la existencia de leyes naturales, el surgimiento de la vida, la racionalidad y la conciencia— que sólo pueden ser explicados postulando la existencia de un Dios espiritual. Cosa, por cierto, que a su modo también hizo Kant.

El Mundo no es dios (arjé) simplemente porque, como ha mostrado Zubiri, el Universo tal como lo concibe la ciencia actual no puede reposar sobre sí mismo, no es una realidad existente por sí misma, y ello en todas las hipótesis de la evolución, esto lo razonó muy bien Chesterton en The everlasting man. Ya se llegaba a esta conclusión en base a las antinomias cosmológicas de Kant, que nos muestran que el Mundo no es causa del ser ni del deber ser que hay en él, y además la cosmología moderna lo confirma.

Y hay otro argumento, para mi definitivo, que muestra a las claras que el Mundo físico no es ἀρχή: la libertad. Es necesario un mundo moral o con metafísica (es decir, basado en Dios), para que los hombres podamos ser libres, y resulta que en este pícaro mundo eso no lo encontramos, por eso con él no somos libres. Esto es un hecho que reconocen, admiten y sostienen todos, los materialistas los primeros. De ahí su permanente angustia, de ahí su sentimiento trágico de la vida, de ahí su negación de la voluntad de vivir: si endiosamos al Mundo, más que una madre se convierte en una madrastra que nos esclaviza. ¿Quién quiere una vida así? ¿Cómo va a ser dios algo que ni siquiera es libre?

Lo cual nos lleva a buscar un fundamento del mundo fuera del mundo. ¿Existe Dios? ¿Existe un Espíritu trascendente al mundo? Racionalmente, siguiendo a Aristóteles y a Kant, tenemos que suponer que Dios existe. Aristóteles lo explica en el libro XII de su Metafísica, y Kant en su Crítica de la razón pura, segunda parte, segunda división, capítulo III, donde se pregunta: «¿existe Dios?, ¿podemos suponer un creador del mundo que sea único, sabio y omnipotente?». Kant contesta: «sin duda, y no sólo podemos, sino que tenemos que suponerlo». Sí, tenemos que suponerlo, pero queremos certeza.

¿Realmente podemos llegar a conocer a Dios? ¿Quién puede explicar con razonamientos humanos la Razón divina? Hay que partir de una base: conocemos a Dios como todos conocen su ἀρχή: por creencia. Ya dije que todo arjé es conocido por creencia o fe, pues nuestra mente es arquitectónica y el fundamento no puede fundarse en otra cosa. Si yo pudiese demostrar que Dios existe Él no sería dios, y mi razón sí lo sería. Pero ésta, la creencia, es una forma de saber tan buena como la demostración, así conoció Descartes su primera verdad: ego sum cogitans, mediante lo que él llamaba intuición y yo llamo creencia o fe (en realidad todos los filósofos han basado sus sistemas en una primera intuición o creencia, también los materialistas).

¿Cabe intentar demostrar, no obstante, la existencia de Dios? El hombre puede llegar a Dios en base a lo sensible transcendente a él: si el mundo es una obra de arte, tiene que haber un artista, la maravilla del mundo es una cadena ordenada de causas y efectos, no encontramos dentro del mundo la primera causa, luego existe una primera causa primordial fuera del mundo. Es el argumento clásico, el de Aristóteles y Santo Tomás, el que Kant llamó fisicoteológico (Crítica de la razón pura, B648 a B658). Pero, atención, el mundo del espíritu también nos habla de Dios aportándonos una prueba menos corriente que la anterior que podríamos llamar mística, ya que se apoya exclusivamente en una experiencia ideal transcendente, de ella habló Berkeley.

También lo hizo Bergson: el hombre, dijo, conoce por «intuición metafísica» y Dios es conocido exclusivamente por experiencia mística (Les deux sources de la morale et de la religion, III). En efecto, cuando el alma consigue salir de sí misma, e incluso llega a estimar el mundo sensible como si no fuese, el místico vislumbra a Dios no como una idea suya, sino como Ser en sí, real y vivo. Entra donde no sabe, queda no sabiendo y trasciende toda ciencia, como con belleza cantó Juan de la Cruz: aquí sólo hay pensar puro, contemplación. Es la prueba que más acerca al conocimiento de Dios para quien sea capaz de obtenerla, que no somos el común de los mortales, aunque algo barruntamos cuando experimentamos que el goce mayor es el intelectual.

Por tanto Dios, en cuanto fundamento y primer Ser, tiene que ser un Espíritu que con su energía ha creado el tiempo en el big bang, ha dado sentido a la vida y nos ha asignado un papel para que libremente lo representemos en el teatro del mundo, según nuestros talentos. Yo encuentro ahí otro ser que es mi sostén, mi fundamento, mi arjé, en cuanto que existe por sí y es causa de todo ser.

La energía que nos apoya cuando fallan todas las energías humanas, que nos regala nuestra vida cuando pensamos que estamos muertos internamente, que fortalece nuestra voluntad cuando amenaza paralizarse, esa energía pertenece a un Ser todopoderoso, Dios, que se apiada de nosotros cuando los hombres nos abandonan. Y como ese Espíritu pone en marcha su energía para dirigirse a lo creado por Él, es decir, nos habla mediante la Creación, le llamamos Palabra, Logos. Para mi, por tanto, el ἀρχή es Λόγoς: esta es la conclusión.

Precisamente la fe cristiana es, ante todo, una opción por el primado del Logos frente a los dioses de la mitología pagana, tal como se recoge en el libro conversando con Ratzinger. El cristianismo primitivo decidió y llevó audazmente a cabo una elección purificadora: optó por el Dios de los filósofos frente a los dioses de otras religiones, por ese Dios cuya existencia y realidad había sido afirmada por Aristóteles y Séneca, frente a Zeus, Hermes, Dionisos o cualquier otro.

Esta elección significaba una opción a favor del Logos frente a cualquier forma de mito, garantizaba la racionalidad del mundo y posibilitaba la existencia de la metafísica. Pero a la vez dio a este Dios un significado nuevo, lo sacó del terreno puramente académico y lo transformó en un Dios con corazón, en una persona que ama lo creado por ella, esto Pascal lo comprendió muy bien. Y como lo físico tiene que relacionarse con lo metafísico de alguna manera —ese fue el problema que Descartes no supo resolver— , asumió que ese Logos amante se había encarnado en un Hombre concreto, se había metido en la historia humana haciendo que lo eterno se haga temporal y lo temporal eterno.

Ese rostro humano de Dios vivo, de un Dios personal que ama, llora, se compadece, perdona y redime, es el de esa tremenda figura que llena los Evangelios que es Jesús de Nazaret. Esta fe de los primeros cristianos es la que me enseñaron mis padres, y después comprobé que personas inteligentes y juiciosas como Agustín, Luis Vives, Erasmo, Moro, Teresa de Ávila, Vitoria, Suárez, Locke, Leibniz, el mismo Fichte, Pascal, Stein, García Morente, Zubiri y tantos y tantos otros, también creían que Jesús es el rostro humano de Dios vivo. Y yo sigo creyéndolo así, creo en su divinidad igual que estoy firmemente convencido de que Colón descubrió América, Elcano dio la vuelta al mundo y yo nací en Madrid, cosas que nunca he podido verificar por mí mismo. Y esto no es un mito, ni un salto en el vacío, ni una profanación de la filosofía, es filosofía primera, es decir, teología, recordemos una vez más a Aristóteles. Yo no soy dos, uno que cree en cosas absurdas y otro que razona correctamente, por eso la fe y la razón tienen que tirar juntas del carro, ambas me dan luz. Fuera de la caverna platónica alguna luz tiene que alumbrar la oscuridad de mi ingenio, y reitero que en el arjé se cree, se tiene fe, siempre, por definición. Y añado ahora que esta fe
mía es racional. Precisamente la victoria del cristianismo sobre las religiones paganas fue posible por su pretensión de racionalidad. Su vigor, el vigor del cristianismo que lo convirtió en religión universal, consistió en su síntesis entre la razón, la fe y la vida.

Como escribió Edith Stein en un diálogo que compuso para felicitar a su profesor Husserl en su cumpleaños, una comprensión racional del mundo, es decir, una auténtica metafísica, sólo puede conquistarse por medio de la razón natural y sobrenatural juntas. Esta última piensa con asentimiento, que eso es creer. Se trata de un pensar con asentimiento que se hace posible porque el corazón y la voluntad iluminan el entendimiento, de ahí la célebre expresión de Pascal: le coeur a ses raisons, que la raison ne connaît point; el corazón tiene sus razones, tiene su propia razón que sobrepasa la «mera» razón. De manera que la filosofía cristiana es racional, más que la actual filosofía (más bien no-filosofía) nihilista postmoderna, que amputa y prostituye la razón, no nos da respuestas y nos aboca a la nada. A esos filósofos posthumanos que creen en el mito del hombre nuevo, yo les diría lo mismo que Taciano, aquel sofista ambulante del siglo segundo que se convirtió al cristianismo, dijo a los filósofos griegos: «No estamos locos, oh helenos, ni predicamos tonterías, cuando anunciamos que Dios apareció en forma humana. Vosotros que nos insultáis, comparad vuestros mitos con nuestras narraciones» (Discurso contra los griegos, 21).

También les aconsejaría que leyesen Ortodoxia de Chesterton, concretamente donde escribe: «Porque soy un racionalista creo en el cristianismo basándome en pruebas, la Encarnación es de sentido común».

En definitiva, en Diálogos sobre Dios concluyo que la primera verdad no es una tortuga, ni soy yo, ni el mundo: es un Dios que tiene corazón y me habla. Quizá esto a algunos les parecerá una especie de locura, respeto sus opiniones, amo profundamente la libertad, pero yo también tengo las mías. Acaso es una locura sabia del hombre «morosofos» del que habla Estulticia de Erasmo. Y a quienes se guían exclusivamente por su razón pura, encerrando como Kant la religión dentro de los límites de la mera razón, les aconsejo leer el principio 25 de la primera parte de los Principios de Filosofía que escribió Descartes, quien, por cierto, se tenía por un filósofo cristiano, así lo dijo a los profesores de París. Dice textualmente lo siguiente: «Debemos creer todo lo que Dios ha revelado, aunque exceda nuestra capacidad; y así, si Dios nos revela algo sobre sí mismo o sobre otras cosas que excediera nuestra capacidad natural de inteligencia, como sucede con el misterio de la Encarnación, no debemos rehusar el creerlo, aunque no lo entendamos claramente». Esta teología abierta a la realidad creada nos confirma que existe la metafísica, que hay un Dios al que podemos llamar Padre, que este mundo por Él creado es real y podemos llegar a conocerlo, que nosotros no somos pura materia sino que también tenemos un alma, y que precisamente por eso sabemos que hay un mundo más allá, transcendente.


Este realismo no es ingenuo, sino sincero y libre de prejuicios, y nos permite dejar de pensar que somos el ombligo del mundo (como si estuviéramos en Delfos), para poder mirar más allá de nosotros mismos, abrirnos a lo infinito.


De todo esto, y más, habla Diálogos sobre Dios, un libro en el que Descartes,
Feuerbach, Marx, Nietzsche y Ratzinger (Benedicto XVI) dicen exactamente lo que ya dijeron y escribieron, sus intervenciones están sacadas de sus obras literalmente, todas y cada una de ellas. Y en el que el lector puede imaginar que está en compañía de varios amigos, cada uno con su cultura, su educación, sus gustos y sus opiniones, y puede, si quiere, meterse en la conversación, aceptando lo que dice uno, rechazando lo de otro y, en definitiva, confirmando o modificando su propia manera de pensar. Pues eso he pretendido al escribir este libro: introducir al lector interesado en ese gran diálogo universal que pensadores de todo tiempo y lugar, movidos por su admiración, han tenido y tienen entre sí acerca de las cosas fundamentales de la vida.

Breve introducción al libro titulado Diálogos sobre Dios con Descartes, Feuerbach, Marx, Nietzsche y Ratzinger.

José Ramón Recuero
Madrid, septiembre 2020

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