¿Dónde están los cristianos?

¿Están presentes los católicos en la guerra cultural que vive España y el mundo o son baja por incomparecencia?

Durante las últimas semanas se está produciendo un interesante debate sobre la presencia (o ausencia) cristiana en la guerra cultural con artículos publicados en distintos medios de comunicación a raíz de la tribuna que publicaba en El Mundo, Diego S. Garrocho, joven profesor de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid y vicedecano de la Facultad de Filosofía sobre la falta de visibilidad de los intelectuales cristianos.

Lo titulaba ¿Dónde están los cristianos? y cuya tesis central era que “en un escenario marcado por la guerra cultural en el que cada identitarismo exhibe a sus representantes y activistas, el pensamiento específicamente cristiano se encuentra del todo ausente”. Su escrito ha dado pie a numerosas reacciones y también a reflexionar sobre el fondo de la cuestión, como la Iglesia pese a la enorme estructura, patrimonio y gran número de personas con gran preparación se repliega cada vez más en vez de abordar la batalla con las grandes armas argumentales que ofrecen los 2.000 mil años de cristianismo.

Garrocho explicaba que el siglo XX brindó grandes teólogos y otros intelectuales que “supieron prolongar la influencia cristiana en el marco de la discusión pública”. Sin embargo, este filósofo se preguntaba “dónde están hoy los intelectuales cristianos”. Y aseguraba que “esta incomparecencia resulta especialmente dolosa en un tiempo en el que en el corazón de Europa se ha dado muerte a católicos por el mero hecho de serlo”, como en Niza.

Garrocho, que se define como cristiano, llegaba incluso a decir que “la vigencia y la visibilización del cristianismo resulta imprescindible incluso para sus críticos. Si queremos detectar el origen de determinados prejuicios se hará necesario que alguien los vindique y los exponga con claridad accesible. Pero, sobre todo, la actualización del mensaje y de la moral cristiana ofrece un rendimiento insustituible para quien apueste por inteligir nuestra propia identidad moral y la maraña de contradicciones que nos atraviesan”.

En la guerra por el relato hoy concurren todas las sensibilidades matizando con suma precisión cada una de las diferencias. Hagan la lista: “Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana”.

Una de las primeras reacciones y que también completaría el análisis de Garrocho fue la de Miguel Ángel Quintana Paz, filósofo, profesor universitario y también muy activo en las redes sociales.

Su artículo en The Objective se titulaba ¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos? y en él ahondaba en que “las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino”.

Quintana recalca que no es que no existan intelectuales cristianos hoy, que claro que los hay. “Lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos”.

Una de las críticas al análisis de Garrocho y Quintana venía de algunos cristianos que aseguran que las voces cristianas no pueden oírse porque son silenciadas por el sistema. Y es aquí donde entra el principal argumento de Miguel Ángel Quintana. “Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?”, se pregunta.

Su opinión es la contraria, asegura: “Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores”.

Y para ello cita medios de comunicación de propiedad eclesial como COPE o Trece TV, donde se ha optado por un modelo netamente comercial y no por dar esta batalla cultural con intelectuales cristianos. Habla también del enorme patrimonio cultural de la Iglesia, de los miles de colegios católicos y decenas de universidades de inspiración cristiana, así como otros miles de grupos de distintos ámbitos.

“Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra”, concluye.

Otras reacciones a estos dos artículos han llegado desde el ámbito netamente católico. Una de ellas es la del periodista José Antonio Méndez aporta su peculiar versión de este debate en un artículo en Religión en Libertad titulado ¿Intelectuales cristianos? No, lo que faltan son memes. El que es redactor jefe de Misión recuerda que “como muy bien han entendido los mejores teóricos de la comunicación del siglo XX, desde el católico McLuhan hasta el comunista Gramsci, la mejor forma de influir en el pensamiento y en el corazón de las masas es a través del entretenimiento. Un entretenimiento que, aunque sea con el disfraz de la frivolidad, tenga la capacidad de trasladar mensajes potentes de un modo accesible, sencillo y hasta divertido”. Y a la vista está la influencia de este tipo de contenidos en la sociedad.

Él considera que “el catolicismo actual tiene exponentes de intelectualidad y profesionalidad mediática y académica de una altura, si no mayor, al menos sí equiparable a los que se encuentran en el mundo secular. Y aunque no sea más elevado que en otras épocas de la Iglesia, desde luego, tampoco es mucho menor. Donde estamos en clara desventaja, por nuestra propia incomparecencia, es en el frente del espectáculo. ¿No es posible apostar por formatos familiares, divertidos y hasta formativos, que trasluzcan y traduzcan hábilmente la visión católica del mundo sin desdibujar la sonrisa? ¿No hay católicos ingeniosos capaces de crear nuevos formatos, o al menos copiar los que ya funcionan, sin pagar el peaje de lo políticamente correcto o de la cursilería meapilas?”.

De este modo, recuerda que “renunciar a iluminar con el Evangelio y el Magisterio la batalla de las ideas que hoy se libra –literalmente– a vida o muerte, es un acto suicida y cobarde, que condena a la oscuridad y a la apostasía a la gran mayoría de nuestros contemporáneos. Personas, no masas, para con las que tenemos como cristianos una responsabilidad que habremos de saldar al comparecer ante Dios. A diferencia de los marxistas y los liberales, a los católicos no debería movernos a la conquista del espectáculo el deseo de engrosar nuestras filas y nuestras economías, sino el celo por salvar almas y cumplir con el mandato de evangelizar hasta los confines del mundo”.

Otra de las reacciones desde el ámbito católico es la de José Francisco Serrano Oceja, periodista, profesor universitario y uno de los mayores conocedores de la realidad católica española.

En Religión Confidencial reconoce que “es cierto que se ha producido un cambio generacional, desde la Transición, en el que se ha roto la cadena de transmisión y no proliferan ni las herencias ni los herederos”.

Esta nueva generación que se estaría conformando, agrega Serrano, “sabe que los ámbitos, plataformas y contextos son más reactivos a los presupuestos de su pensamiento que en otros tiempos y aún no se han encontrado formas adecuadas, ni medios oportunos. Y prefiero no citar, al hablar de los medios de Iglesia, ningún caso concreto, porque escandalizaría”.

“Lo que no se puede negar es que la incidencia del intelectual cristiano es escasa en el conjunto. Quizá también por la forma de presencia y los planteamientos respecto a la eficacia de la propuesta cristiana. Digamos que es tan importante que haya intelectuales cristianos en los medios de comunicación, en las revistas divulgativas, en las webs de incidencia cultural, como en los grupos que asesoran y ayudan a configurar las propuestas de los partidos políticos. Y ahí es donde se nota la mayor carencia, en los flujos entre pensamiento, intelectualidad y políticas públicas”, señala con pesimismo.

Para acabar hace una crítica importante y es que el aspecto intelectual “no fue una prioridad de la Iglesia” institucional. “Sí lo fue el mantenimiento de lo educativo, pero no la conformación y preparación de un liderazgo de intelectuales cristianos. Es posible que se hable no poco de esto. Pero del dicho al hecho hay un trecho. Pongo otro ejemplo final. Qué organismo de la Conferencia, Fundación eclesial, institución eclesial, ha dedicado dinero a la investigación prioritaria de cuestiones de pensamiento que incidan en la sociedad. Quién le ha dedicado dinero a la formación de liderazgos en este sentido. Algunas, pocas, conozco, no voy a citar nombres porque le sorprenderían”, concluye.

Fernando de Haro, periodista de la Cadena COPE, también ha entrado en el debate desde Páginas Digital. En su artículo La aportación de los cristianos afirma que “sólo puedo reconocerme como intelectual cristiano en la medida en la que la misma naturaleza del cristianismo requiere de mi intelecto y de mi afecto. También lo es, en ese sentido, una nigeriana viejita a la que habían amputado una mano. La conocí en medio de la estepa. No sabía leer ni escribir. Como han señalado los dos últimos pontificados, el cristianismo no es ni un sistema ético, ni un sistema de ideas. El cristianismo –añado yo– no es la cristiandad, no es un magnífico legado histórico, artístico, filosófico y jurídico. El cristianismo es un acontecimiento: nace y crece como un encuentro, como el que tuvieron hace dos mil años los primeros discípulos con Jesús de Nazaret. Este encuentro, para ser reconocido como el encuentro con Dios encarnado, requiere de la libertad”.

Por último, concluye indicando que “la primera aportación de los cristianos al mundo de hoy es dar razón de lo que nos sucede. No solo a través de un anuncio directo del contenido de la fe sino por nuestro modo de estar en la realidad. En este sentido la categoría esencial es el testimonio. No hablo fundamentalmente de un testimonio de coherencia moral. La coherencia moral no es lo que distingue al cristiano. Hablo de una forma de vida que remite a un acontecimiento de gracia. Hablo de una inteligencia de la fe que se convierte en una inteligencia de la realidad para afrontar los problemas que son comunes a todos los hombres: familia, política, educación y un largo etcétera. Esa inteligencia de la realidad la ofrecemos en la ciudad común y plural. No ocultamos su origen, todo lo contrario, lo anunciamos con alegría. Y no pretendemos que necesariamente ordene la vida civil porque sabemos que solo puede ser aceptada a través del misterioso juego de la libertad de Dios y de la libertad del hombre. Lo hacemos interesados en aprender, en la relación con los no cristianos, qué significa la fe que hemos abrazado. Dispuestos siempre a sorprender y acoger la verdad y la belleza venga de donde venga. La cultura cristiana no es un museo con piezas magníficas, no es fundamentalmente un legado. Es el modo de tratar las cosas comunes de aquellos que hemos sido fascinados por una gracia extraña. Tiene su máxima expresión en la caridad, en una mirada hacia el hombre concreto en el que se reconoce el mismo corazón inquieto, la misma dignidad infinita”.

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