Vivimos en un mundo complejo, marcado por tensiones, conflictos y búsquedas de sentido. En medio de esta realidad, la Iglesia aparece como un misterio profundo que no se agota en su aspecto visible. Decimos que la Iglesia es espiritual, y con esto afirmamos que no se trata simplemente de una organización religiosa más, sino del Cuerpo vivo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Es una realidad divina y humana a la vez, que toca el cielo pero pisa la tierra.
Ahora bien, desde los primeros siglos del cristianismo se afirmó con fuerza: «Fuera de la Iglesia no hay salvación». Esta frase no debe ser entendida como una condena excluyente, sino como un reconocimiento: la salvación que Dios ofrece al mundo se realiza en Cristo, y Cristo actúa a través de su Iglesia. Por eso, incluso quienes no la conocen explícitamente, si se salvan, lo hacen gracias a la gracia de Cristo que opera misteriosamente en sus vidas, y esa gracia siempre pasa, de alguna manera, por la Iglesia.
Pero esta Iglesia, aunque santa por su Cabeza que es Cristo, vive en la historia, mezclada con las luces y sombras de los hombres. Aquí entra en juego la enseñanza de san Agustín, que nos habla de la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre. Según el obispo de Hipona, la historia de la humanidad es la historia de dos amores: el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo (Ciudad de Dios), y el amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios (Ciudad del hombre). Estas dos ciudades no son territorios visibles, sino orientaciones del corazón, dos maneras de vivir.
Ambas ciudades coexisten, y hasta se entrecruzan dentro de la misma Iglesia visible. Por eso, la Iglesia peregrina en medio del mundo, muchas veces herida por el pecado de sus miembros, pero sostenida por la santidad de su Fundador.
Así, podemos decir que la Iglesia espiritual es el corazón de la Ciudad de Dios en la tierra. A través de la fe, los sacramentos y la comunión con los demás, el cristiano va siendo transformado, llamado a vivir como ciudadano del cielo. La Iglesia no es un fin en sí misma, sino el camino hacia la vida eterna, el espacio donde Dios reúne a su pueblo para hacer de él una nueva humanidad.










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