El Perdón: Camino de Fe, Sencillez y Renacimiento

Con la luz de Santo Tomás de Aquino

Perdonar no es una reacción automática, ni un gesto moral superficial. Es un acto profundamente humano y, sobre todo, profundamente cristiano. En un mundo donde se confunde el perdón con debilidad o con olvido, el Evangelio —y también la sabiduría de Santo Tomás de Aquino— nos revelan su verdadera profundidad: el perdón es un camino que une fe, humildad, escucha, dolor, amor y resurrección interior.

1. Escuchar para perdonar

Perdonar comienza con un acto aparentemente pasivo, pero profundamente transformador: escuchar. Escuchar al otro, a su historia, a su dolor, incluso a su ofensa. Jesús no perdonaba desde lejos; primero escuchaba, miraba, tocaba. Solo quien escucha puede ver al otro no como enemigo, sino como hermano.

Santo Tomás, aunque no lo exprese con la palabra «escucha», enseña que la misericordia es el efecto directo de la caridad (S.Th. II-II, q.30), y la caridad requiere conocer y acercarse al otro. La escucha abre el corazón para que el perdón no sea solo una decisión racional, sino una comunión real.

2. Pedir perdón: un acto de fe y sencillez

Pedir perdón no es una señal de debilidad, sino de valentía espiritual. Es un acto de fe: fe en que el otro me puede acoger, en que Dios me puede sanar, en que el amor puede rehacerse. Es también un gesto de humildad: reconocer el propio error y querer reparar el daño sin dominar al otro.

Tomás enseña que el acto de contrición, cuando es sincero, nace de la caridad: “el alma, por amor a Dios, aborrece el pecado cometido” (S.Th. III, q.85, a.1). No pide perdón solo por miedo, sino porque ama. Así, el que pide perdón entra en la verdad de sí mismo, y esa verdad es ya un paso hacia la libertad.

3. Perdonar no es dominar

En la lógica del Evangelio, perdonar no significa estar por encima del otro, ni ejercer control sobre él. Tampoco es un acto de condescendencia moral. El perdón cristiano es comunión, no superioridad.

Santo Tomás lo deja claro: la caridad elimina el deseo de venganza (S.Th. II-II, q.108), y el perdón se da “cuando el corazón del hombre, movido por la caridad, se aparta del odio y quiere el bien del ofensor”. Perdonar, entonces, no es tomar una posición más alta, sino igualarse en el amor.

4. La furia por la culpa del otro puede llevar al odio

Es verdad que muchas veces el enojo parece justificado por la culpa ajena. Pero si se convierte en resentimiento constante, se transforma en odio. Y el odio enferma el alma y nos aleja de Dios.

Tomás enseña que el odio al prójimo es pecado mortal contra la caridad, porque va contra el mandamiento mayor: amar (S.Th. II-II, q.34, a.3). Aunque reconozcamos el pecado del otro, nunca podemos permitir que eso justifique el odio en nuestro corazón. El perdón es el único camino para detener la espiral del mal.

5. Comenzar de nuevo: para el que pide perdón y para el que perdona

El perdón verdadero no es solo un alivio emocional. Es un nuevo comienzo. Para el que pide perdón, es confiar en que Dios y el otro le pueden dar otra oportunidad. Para quien perdona, es liberarse del peso del pasado. Ambos hacen un acto de fe: creen que algo puede renacer.

Santo Tomás afirma que la gracia no solo repara el alma, sino que la eleva (S.Th. I-II, q.109). En otras palabras, Dios no solo limpia: hace nuevas todas las cosas. Así, perdonar y ser perdonado es participar de la lógica divina, que no condena, sino que salva.

6. Quien quiere perdonar un gran dolor…

Perdonar un gran dolor no es automático. Es un proceso humano y espiritual. Y quien lo quiere recorrer necesita tiempo, consuelo, y presencia.

Que se lave: que limpie su interior con la oración, los sacramentos, el silencio. Santo Tomás dice que la gracia purifica como el agua limpia el cuerpo (S.Th. III, q.84, a.5).

Que duerma: que descanse, que no se exija resolver todo enseguida. Tomás afirma que Dios puede obrar en el alma incluso cuando el hombre no actúa visiblemente (S.Th. I-II, q.109, a.9).

Que hable con un amigo: porque la amistad virtuosa sostiene el alma. “El amigo es como otro yo”, dice Tomás (Suma contra los gentiles, III, 147). El dolor no se carga mejor en soledad, sino en comunión.

Conclusión: El perdón es una forma de resurrección

El perdón no es olvidar, ni minimizar. Tampoco es justicia en términos humanos. Es algo mayor: una forma de participar del misterio de la cruz y la resurrección. Cuando perdonamos o pedimos perdón, nos asemejamos a Cristo. En la cruz, Jesús no esperó un cambio: perdonó antes de ser reconocido. Su perdón no fue debilidad, fue victoria.

Santo Tomás de Aquino lo expresa así:

“El mayor efecto de la caridad es perdonar las ofensas, como Dios las perdona por amor.”
— (S.Th. II-II, q.157)

Perdonar no es fácil. Pero con fe, sencillez, escucha, amistad y gracia… es posible. Y cuando ocurre, algo dentro de nosotros resucita.

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