Ansiedad, cansancio y ruido interior

No sé qué me pasa, pero estoy agotado. Todo me abruma. Me cuesta orar, me cuesta pensar, me cuesta hasta existir a veces.

¿Te suena? Es una frase que escucho (y siento) cada vez más. No eres el único que se siente así. Y no estás roto. Simplemente estás viviendo en un mundo que agota. El problema no eres tú: es el sistema, el ritmo, las expectativas, las heridas… y sí, también el alma que clama por sentido y silencio.

Vivimos corriendo, pero no sabemos hacia dónde

Piensa en tu día: notificaciones, listas de tareas, estudios, trabajos precarios, redes sociales, comparaciones constantes, presión por rendir, miedo al futuro… Y en medio de todo eso, tú. Una persona de carne y hueso con un corazón que late fuerte y a veces llora por dentro.

La ansiedad no es simplemente estar “nervioso”. Es una sensación profunda de que no llegas, no puedes, no vales, o de que algo terrible va a pasar aunque no sepas qué. Y es brutal. Es como si tu cabeza no se callara nunca. Como si llevaras un peso invisible que los demás no ven.

Y luego viene el cansancio. No hablo del cansancio físico de trasnochar o estudiar. Hablo del cansancio existencial, el que nace de no ver el sentido, de no tener espacio para ser tú, de fingir, de sostener una vida que a veces se cae a pedazos por dentro aunque por fuera parezca todo bien.

El ruido interior: la banda sonora del alma herida

No nos damos cuenta, pero vivimos con ruido constante en la cabeza. Pensamientos que no se detienen, exigencias, miedos, voces internas que nos juzgan o nos exigen. Todo eso nos aleja de nosotros mismos y, sin darnos cuenta, también de Dios.

¿Sabes cuál es el verdadero lujo hoy? No es tener tiempo libre. Es tener espacio interior. Silencio. Paz. Eso que se ha vuelto tan raro que hasta da miedo.

El problema es que cuando por fin paramos —cuando cae la noche, cuando nos tumbamos a solas— todo ese ruido explota. Y no sabemos qué hacer con él. A veces, por eso evitamos estar en silencio: porque nos confronta. Porque ahí aparecen las preguntas que hemos callado.

Cuando la oración no sale

Muchos jóvenes intentan orar… y no pueden. Y eso les frustra. Les hace sentir que están lejos de Dios. Pero escúchame bien: eso también es oración.

La oración no es solo cuando sientes cosas bonitas, o cuando estás inspirado. También es orar cuando solo puedes decir: “Dios, no puedo”. Cuando tu mente está dispersa. Cuando lloras. Cuando no tienes palabras. Cuando solo puedes estar en silencio. Esa es una de las oraciones más sinceras que existen.

A veces creemos que Dios espera que estemos bien para acercarnos. Pero en realidad, Dios es más Dios cuando estamos mal. Porque entonces nos ama en la verdad, no en el maquillaje.

¿Y qué tiene que ver la espiritualidad con esto?

Todo.

Espiritualidad no es algo cursi ni desconectado del mundo. Es aprender a vivir con un centro. Con raíz. Es descubrir que no estás solo, que puedes respirar profundo y decir: “Estoy mal… pero estoy en manos de Alguien que no se escapa”.

La espiritualidad cristiana no niega el dolor, la ansiedad ni la oscuridad. Los abraza. Y desde ahí, los transforma. Jesús lloró, se sintió solo, se angustió hasta sudar sangre. No vivió flotando por encima del mundo, sino con los pies bien metidos en nuestra tierra. Él sabe lo que es sentir lo que tú sientes.

Entonces, ¿qué hacer cuando todo me sobrepasa?

No hay fórmulas mágicas. Pero aquí van unas verdades que pueden ayudarte:

  • No estás roto. Estás cansado. Necesitas cuidar tu alma, no solo tu agenda.
  • No tienes que fingir ante Dios. Puedes orar con tu angustia, con tus gritos, con tu silencio.
  • No es tu culpa sentirte así. Pero sí es tu responsabilidad buscar espacios que sanen.
  • Dios no está lejos. Está en medio de ese caos contigo.

Empieza así:

No tienes que hacer grandes cosas. Solo detente un momento y respira hondo. Cierra los ojos. Dile a Dios lo que sientes. Aunque sea con una frase. Aunque sea llorando. Aunque no sientas nada.

Porque la oración no es un deber más. Es el lugar donde por fin puedes dejar de actuar y ser simplemente tú. Es el espacio donde no tienes que demostrar nada, ni ser fuerte, ni esconder tus heridas.

Y si hoy no puedes orar…

Entonces descansa en el hecho de que Dios sí te sostiene. Aunque tú no puedas hablar, Él sí te escucha. Aunque tú no puedas correr, Él camina contigo. Aunque tú te caigas, Él no te suelta.

Y eso… eso es empezar a sanar.

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