“Poner la otra mejilla” y la lucha por la justicia

Introducción

Uno de los textos más provocadores del Evangelio es, sin duda, el mandato de Jesús: «al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra» (Mt 5,39). A lo largo de la historia, estas palabras han sido interpretadas de manera ambigua: unas veces como invitación a la pasividad, otras como una ética irrealizable, y en ocasiones como un obstáculo para la lucha por la justicia.

Sin embargo, una lectura teológica integral —bíblica, cristológica y eclesial— muestra que no existe contradicción entre la no violencia evangélica y el compromiso firme contra la injusticia. Al contrario, el Evangelio propone una forma radicalmente nueva de resistir el mal: no mediante la venganza ni la neutralidad, sino mediante una firmeza moral nacida del amor, capaz de denunciar la injusticia sin reproducir su lógica.

Este artículo pretende mostrar cómo el mandato de “poner la otra mejilla” se integra armónicamente con la lucha por la justicia, la denuncia profética y la resistencia al mal, incluso cuando el cristiano, en determinadas circunstancias, soporta la injusticia.

1. El sentido auténtico del mandato evangélico

1.1 Contexto bíblico de Mateo 5,39

El texto pertenece al llamado Sermón del Monte, donde Jesús no anula la Ley, sino que la lleva a su plenitud (cf. Mt 5,17). Frente a la ley del talión (“ojo por ojo”), que pretendía limitar la venganza, Jesús da un paso más radical: no responder al mal con el mal.

El gesto de la bofetada en la mejilla derecha, en el contexto semítico, no era tanto un acto de violencia física grave cuanto un gesto de humillación. Jesús se refiere, por tanto, a la reacción ante la ofensa, no ante el crimen o la opresión estructural.

El mandato no busca legitimar el abuso, sino romper la espiral de violencia, desenmascarando la injusticia mediante una respuesta que no reproduce su lógica.

1.2 Jesús no predica la pasividad

Una lectura literalista y aislada del texto llevaría a una ética de la resignación. Sin embargo, el propio Jesús desmiente esta interpretación:

Cuando es golpeado durante su juicio, responde:

«Si he hablado mal, muestra en qué; y si bien, ¿por qué me golpeas?» (Jn 18,23)



Aquí Jesús:

No devuelve el golpe.

No acepta la injusticia en silencio.

La denuncia públicamente.


Esto revela que “poner la otra mejilla” no significa renunciar a la verdad ni a la justicia, sino renunciar a la violencia y a la venganza personal.

2. La Biblia y la exigencia de justicia

2.1 La tradición profética

Desde el Antiguo Testamento, Dios se revela como defensor de los oprimidos. La fe bíblica es inseparable de la justicia:

> «Buscad la justicia, defended al oprimido» (Is 1,17)
«Que el derecho fluya como agua y la justicia como torrente inagotable» (Am 5,24)



La denuncia de la injusticia no es opcional: forma parte esencial de la fidelidad a Dios.

2.2 Jesús, profeta incómodo

Jesús no solo enseña la misericordia; denuncia con dureza:

La hipocresía religiosa (Mt 23).

La corrupción del templo (Jn 2,13-17).

El abuso de poder.


Su mensaje no es neutral ni acomodaticio. Precisamente por ello es condenado. La cruz no es fruto de una ética ingenua, sino consecuencia de una fidelidad radical a la verdad y a la justicia.

3. No violencia cristiana y resistencia al mal

3.1 La “tercera vía” evangélica

El Evangelio no propone ni:

la violencia (que reproduce el mal),

ni la pasividad (que lo consiente),


sino una resistencia no violenta, activa y transformadora.

San Pablo lo expresa con claridad:

> «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rom 12,21)



La no violencia cristiana no es debilidad, sino fuerza moral, nacida de la verdad y del amor.

3.2 Santo Tomás de Aquino: tolerar no es aprobar

Santo Tomás enseña que:

No todo mal puede ser eliminado sin causar un mal mayor.

Tolerar un mal puede ser prudente.

Consentirlo pudiendo impedirlo es pecado de omisión.


Así, el cristiano discierne cuándo soportar una injusticia concreta y cuándo debe denunciarla activamente, siempre buscando el bien mayor y la salvación de las personas.

4. Soportar la injusticia: sentido cristológico

4.1 Cristo y la Cruz

Jesús soporta la injusticia suprema, no porque sea buena, sino porque:

la asume libremente,

la desenmascara,

y la redime desde dentro.


La cruz no legitima la injusticia; la juzga. En ella se revela el pecado del mundo y, al mismo tiempo, la misericordia de Dios.

4.2 Participar de la cruz

San Pedro exhorta:

> «Si soportáis el sufrimiento por obrar el bien, eso es gracia ante Dios» (1 Pe 2,20)



El cristiano puede aceptar sufrir injustamente cuando:

no puede evitarlo,

hacerlo causaría un mal mayor,

o su testimonio evangélico lo exige.


Pero esto nunca elimina la obligación de nombrar el mal como mal.

5. Padres de la Iglesia y tradición viva

San Agustín resume el equilibrio cristiano con una frase célebre:

> «Ama al pecador y odia el pecado».



La caridad nunca puede convertirse en complicidad con la injusticia. Por eso, la tradición cristiana ha unido siempre misericordia y verdad, perdón y justicia.

San Juan Crisóstomo afirma que callar ante la injusticia grave es traicionar al Evangelio, y san Gregorio Magno advierte que el silencio pastoral ante el mal puede convertirse en culpa.

6. Magisterio de la Iglesia

El Magisterio contemporáneo es claro:

Gaudium et Spes afirma que la dignidad humana exige la denuncia de toda opresión.

Evangelii Gaudium denuncia las estructuras de pecado y la “economía que mata”.

San Óscar Romero proclama:


> «La Iglesia no puede ser neutral ante la injusticia».



La no violencia evangélica no equivale a neutralidad, sino a compromiso radical con la verdad.

Conclusión

El mandato de “poner la otra mejilla” no se opone a la lucha por la justicia, sino que la purifica. El cristiano no combate a las personas, sino al mal; no vence mediante la violencia, sino mediante la verdad; y no soporta la injusticia porque la apruebe, sino porque confía en que Dios la juzga y la transforma.

La síntesis cristiana es exigente:
perdonar siempre, denunciar cuando sea necesario, resistir sin odiar y amar sin claudicar ante el mal.

En esta tensión fecunda se juega la autenticidad del seguimiento de Cristo.

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