Igualitarismo y crisis educativa

Vivimos en una época que se presenta como profundamente democrática, inclusiva y pedagógicamente avanzada, pero que muestra una dificultad creciente para distinguir entre igualdad de dignidad e igualación de funciones. En nombre de una interpretación superficial del igualitarismo, la autoridad del docente ha sido progresivamente erosionada hasta el punto de que, en muchos contextos escolares, enseñar se ha convertido en una actividad que debe justificarse constantemente ante alumnos, familias y administraciones. Paradójicamente, nunca se ha hablado tanto de educación y nunca ha resultado tan difícil educar.

Clase

El profesor ya no aparece como mediador entre el alumno y el conocimiento, sino como un gestor emocional del aula cuya función principal consiste en evitar conflictos. Evaluar exige explicaciones interminables, exigir esfuerzo genera sospechas y mantener criterios académicos estables puede interpretarse como una forma de rigidez poco compatible con la sensibilidad contemporánea. Naturalmente, cuando exigir se convierte en un problema, aprender termina siéndolo también.

Esta situación no puede entenderse sin observar el papel que hoy desempeñan muchas familias. Allí donde tradicionalmente existía una alianza educativa básica entre padres y profesores, aparece ahora con frecuencia una relación defensiva en la que el adulto protege al alumno frente a cualquier exigencia externa. El resultado es previsible: el alumnado aprende rápidamente que el esfuerzo es negociable y que la responsabilidad puede delegarse.

En este contexto resulta especialmente llamativo el entusiasmo con el que se ha presentado el modelo competencial como la gran solución pedagógica contemporánea. Según esta perspectiva, lo importante ya no es saber, sino saber hacer. El problema es que nadie puede hacer bien aquello que no entiende. Pretender sustituir conocimientos estructurados por competencias difusas equivale a intentar construir pensamiento sin contenidos. Se insiste en que el alumno debe aprender a aprender, pero raramente se explica qué debe aprender mientras aprende a aprender.

Promover de curso sin garantizar aprendizaje real no elimina el fracaso escolar: simplemente lo aplaza. Y aplazar sistemáticamente el fracaso termina generando algo más grave que suspensos: genera generaciones convencidas de que el conocimiento es opcional y la exigencia una anomalía pedagógica.

A esta crisis de la autoridad se suma otra igualmente profunda: la sustitución progresiva de la educación en virtudes por la educación en valores. La diferencia no es menor. Las virtudes son hábitos estables del carácter que orientan la conducta hacia el bien y requieren esfuerzo, tiempo y coherencia educativa. Los valores, en cambio, suelen presentarse como declaraciones genéricas fácilmente aceptables por todos y exigentes para nadie. Educar en valores permite hablar mucho de convivencia; educar en virtudes exige formar personas capaces de responsabilidad, fortaleza intelectual, disciplina y amor por la verdad.

Cuando la educación renuncia a formar virtudes, renuncia también a formar el carácter. Y sin carácter no existe aprendizaje profundo ni libertad auténtica, sino únicamente adaptación superficial a las expectativas del entorno.

Esta cuestión adquiere una importancia especial en el ámbito de la educación católica. Un educador católico no puede limitar su tarea a transmitir contenidos ni a repetir un lenguaje institucional heredado. Está llamado a desarrollar una fe adulta, intelectualmente formada y existencialmente coherente, capaz de sostener su autoridad pedagógica en una cultura que con frecuencia considera sospechosa cualquier referencia a la verdad. Sin una fe pensada, vivida y madurada, la identidad educativa cristiana corre el riesgo de reducirse a un conjunto de actividades complementarias sin verdadera fuerza formativa.

Educar desde una fe adulta significa comprender que la autoridad del educador no procede solo de su función profesional, sino también de su coherencia personal. Significa reconocer que enseñar es siempre una tarea moral además de intelectual, y que el alumno necesita encontrar adultos capaces de orientar, exigir y acompañar con sentido.

Tal vez el problema principal de nuestro tiempo no sea que la escuela haya cambiado demasiado, sino que ha renunciado demasiado deprisa a aquello que la hacía posible: la autoridad del conocimiento, la formación del carácter y la responsabilidad educativa de los adultos. Recuperar estos elementos no supone regresar al pasado, sino volver a hacer posible el futuro.

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