Dos virtudes de Jesucristo: Humildad y Majestad

HUMILDAD


Por supuesto desde el principio se manifiesta la humildad de Jesús en su Nacimiento, vida oculta en Nazaret durante más de treinta años, ejerciendo el oficio de carpintero, desconocido e ignorado del mundo; pero vamos a centrarnos en los datos que se nos ofrecen de su vida pública.


1º. Los comienzos nos brindan dos ejemplos considerables:

Mt 3, 13-15. Juan está predicando el bautismo de conversión para perdón de los pecados. Jesucristo acude. Veámoslo escuchando atentamente al Bautista mezclado con la multitud; después esperando su turno como un pecador más, con toda humildad, para recibir el agua del perdón Él que era impecable. Juan lo reconoce y se queda sobrecogido: “Soy yo el que tiene que ser bautizado por ti, ¿y Tú vienes a mí?
Respondió Jesús: ‘Déjame, pues conviene que así cumplamos toda justicia’.”

Mt.4, 1-10. Es propio de la debilidad humana el sufrir tentaciones. Al dejar que el diablo intente seducirlo por tres veces, Jesucristo está aceptando la humillación del ataque del mal como un hombre cualquiera.


2º. La doctrina de Jesús es una continua llamada a la humildad como fundamento de la espiritualidad, ya que Dios desea llenarnos de su amor y su misericordia, pero lo hace en la medida en que nos vaciamos de nosotros mismos por la humildad. Las citas se multiplicarían.


Lc 7, 24-18. Jesucristo hace la gran alabanza del Bautista y afirma: “…Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él”. Se trata de una forma hebrea de enfatizar una idea; aquí lo que resalta Jesús es que la razón por la que Juan es el mayor es precisamente por su humildad; porque si hubiera otros más humilde sería mayor que él.


Lc 14, 11. La síntesis de esta doctrina la expone Jesucristo: “Todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será enaltecido”.


Lc 10, 21. En un momento de unión gozosa de Cristo con el Padre, expresa el valor de la humildad:
“…Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se la has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito’.”

Tomando ejemplo de los niños:
Mt.18, 1-4. Los apóstoles preguntan quién es el mayor en el Reino. “Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: ‘Yo os aseguro: Si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los cielos’.”


Mc.10, 15. “Yo os aseguro: El que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él”.


Ante las disputas de los discípulos:
Mt.20, 24-28. “…Los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder; pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo vuestro; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”.


El mismo Jesucristo se ofrece como modelo e incentivo para la humildad:
Mt.11, 29. “…Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón…”

3º La actuación.


Jesucristo es verdaderamente “humilde de corazón”, es decir la humildad llena todo lo más profundo de su ser. Menos cuando tiene que denunciar o reprender con energía porque lo exige su ministerio, siempre sus palabras y sus acciones van marcadas por una humildad que lo hace próximo y atractivo.


Se manifiesta especialmente cuando trata con pecadores arrepentidos, y en el modo como se comporta con los enfermos y los que acuden a Él para ser curados. Pero estos puntos ahora no los abordamos. Nos limitaremos a algunos otros ejemplos:


Jn.13, 2-21. El lavatorio de los pies la noche de la Cena merecería largo capítulo. Es un gesto profético que como tal tiene más fuerza que mil palabras. Jesucristo a los pies de los discípulos. El esclavo judío estaba exento de lavar los pies a su señor; sólo el esclavo pagano tenía esta obligación; así que Jesús desciende el último escalón para darles a los apóstoles, y a los que vendríamos detrás, la lección de la humildad total y del servicio. Especialmente impresiona ver a Jesús de rodillas lavando los pies a Judas de quien ya ha manifestado que sabe su traición y que lo ha vendido. La imagen es tan elocuente que no son necesarias las palabras.


4º La Pasión:

Durante toda ella la actitud humilde y humillada hasta el extremo de Jesucristo es tan evidente que basta recordarla en sus diversos momentos. Señalaremos solamente:

Lc.22, 37. Durante la Cena Jesús afirma: “Os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: ‘Ha sido contado entre los malhechores’ (Is.53, 12). “Es necesario” manifiesta la aceptación absoluta en humildad de la trituración corporal y moral de la Pasión.


Jn.18, 22-23. “…Uno de los guardias que allí estaba dio una bofetada a Jesús diciendo: ‘¿Así contestas al Pontífice?’ Jesús le respondió: ‘Si he hablado mal, prueba en qué; pero si he hablado bien ¿por qué me pegas?”. Según la ley judía el reo no podía ser condenado por sus palabras, aunque se declarara culpable; era necesaria la deposición de dos o más testigos; por lo tanto, la actuación del tribunal está siendo injusta en éste como en otros muchos aspectos. Pegar al reo delante de los jueces era un desacato al tribunal, sin embargo, ellos lo ignoran con tal de que Jesús sufra y sea humillado. El Señor podía haber respondido con indignación, si se hubiera callado, ya sería una prueba de humildad; pero hace lo más perfecto: Habla con mansedumbre.

MAJESTAD


Todas las palabras y los hechos de Jesucristo van siempre llenos de majestad.


1º Algunas ocasiones especiales


Jn 8, 46. En plena fiesta de los Tabernáculos, cuando el templo está abarrotado de gente, Jesús dice:
“¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?”. Los hombres cuanto más santos son, más pecadores se consideran y menos proclaman su bondad. Jesucristo es la única excepción; a pesar de su probada humildad, se atreve con toda majestad a proclamar su absoluta inocencia.


Mt 8, 23-27, Mc 4, 35-41, Lc 8, 22-25 La tempestad calmada. La imagen de Jesucristo de pie en la barca agitada por las olas, imperando a los elementos, es como el símbolo de la majestad absoluta. “Y aquellos hombres maravillados decían: ‘¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?’.”


Lc 19, 28-40. La entrada triunfal el domingo de Ramos es la fusión de la humildad y la majestad. Es la “parusía” (visita triunfal del rey a sus dominios). Es voluntad del Padre que Jesús entre en Jerusalén aclamado como el Mesías y reconocido como “el Rey que viene en nombre del Señor”; pero Él se comporta con toda humildad. “Algunos de los fariseos que estaban entre la gente, le dijeron: ‘Maestro, reprende a tus discípulos”. La respuesta de Jesús muestra, en su sencillez, la majestad del verdadero Mesías: “Os digo que si éstos callan, gritarán las piedras”.


2º En momentos difíciles que es en los que particularmente se muestra la majestad y el dominio.

Lc 4, 28-30. En su visita a Nazaret los asistentes a la sinagoga llegan a tal grado de indignación que lo llevan a una altura escarpada para despeñarlo. Al llegar al borde Jesús se vuelve y se iba abriendo camino entre ellos. Debió de mostrar el Señor una majestad impresionante cuando en el precipicio, ante aquel grupo enfurecido, se vuelve, y ellos se quedan paralizados; luego pausadamente se iba abriendo camino y se alejaba. El griego original que hemos seguido, utiliza el imperfecto de acción continuada “se iba abriendo camino” para indicar que no desapareció de repente, sino que se fue alejando con dominio y dignidad.


Jn 8, 1-11. Mientras enseña Jesús en el templo un grupo aparece empujando a una mujer sorprendida en adulterio, y le preguntan si la apedrean, conforme a la Ley, o no. La situación es comprometida: Si dice que no, le acusarán de oponerse a la Ley; si dice que sí, propalarán que su misericordia es una farsa. Jesús muestra su serena majestad sin inmutarse, escribiendo en el suelo. Los judíos insisten, no están dispuestos a perder la ocasión de colocar al Maestro en una posición sin salida. El Señor se incorpora con toda majestad, y dice pausadamente: “El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra”. La respuesta es eficaz, y mientras se van retirando los acusadores, Jesús continúa serenamente, como ajeno a la situación, escribiendo en el suelo. Luego se incorpora y “quedan frente a frente la miseria y la Misericordia”. “…Yo tampoco te condeno, vete en paz y no peques más.”


Jn 2, 13-22, Mt 21, 12-13, Mc 11, 15-17, Lc 19, 45-46. La figura de Jesucristo debió de aparecer impresionante en su majestad cuando Él solo se impone a todos los vendedores del templo que tenían sus puestos con permiso de los sacerdotes. Pudieron revolverse contra Él fácilmente, pero ante su gesto y su porte, dejan que vuelque las mesas de los cambistas y que arroje fuera a los vendedores. Los sacerdotes y los escribas lo llevan muy a mal, porque era desautorizarlos a ellos, y deciden matarlo. A la pregunta de “¿Qué señal nos muestras para obrar así? Jesús les respondió: ‘Destruid este santuario y en tres días lo levantaré’.”

3º En la Pasión.

Supera toda ponderación el mostrar la majestad cuando se está totalmente triturado en el cuerpo y en el espíritu, cuando es tratado como un malhechor que merece el mayor desprecio y por de las torturas.

Mt 26, 47-56, Mc 14, 43-50, Lc 22, 47-53, Jn 18, 1-11. Es de sobra conocido este pasaje del prendimiento. Dentro del laconismo evangélico sorprende la absoluta majestad con que Jesús domina la situación, se comporta en sus palabras y en su actuación, precisamente en el momento en que lo arrestan brutalmente como a un criminal. Él mismo les sale al encuentro. Su conducta con Judas muestra una altura de dignidad excepcional.

Mt 26,57-68. La actitud de Jesucristo al ser juzgado por el Sanedrín es perfecta. No se defiende ante las acusaciones de los falsos testigos. (Imaginemos la defensa que Cristo podía haber hecho de sí mismo).
Caifás se impacienta porque no encuentran causa de muerte; se va a arriesgar a una pregunta directa: “Yo te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Ya hemos dicho que, según la Ley, no se podía condenar al acusado por su propia inculpación. Jesús sabe que responder a esta pregunta supone autocondenarse; pero le conmina el Sumo Pontífice y en nombre de Dios, y va a responder; no sólo responde, sino va más lejos y lo ratifica con palabras contundentes: “Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo”. (Es cita de Dan 7, 13 en el pasaje de “el Hijo del hombre”). Intentemos imaginar la absoluta dignidad con que Jesucristo haría esta declaración solemne ante el Sanedrín, el tribunal supremo de su pueblo.


Lc 23, 8-12. Jesús ante Herodes: La historia demuestra que no acceder a los deseos del tetrarca o contrariarlo en lo más mínimo era jugarse la vida; Jesús lo sabía perfectamente; y que, si accedía a su petición de hacer algún prodigio, podía librarlo de la muerte; pero no va a ceder. Jesucristo responde a los jueces (no importa lo perversos que sean) cuando actúan como tales; Herodes sólo quiere divertirse a su costa; pero los milagros de Jesús no están a merced de un tirano caprichoso. Consideremos la majestad de Jesucristo de pie ante el tetrarca de Galilea y de toda su corte, guardando un silencio absoluto en defensa de su dignidad. Herodes, ladino y astuto, comprende que Jesús es del género de hombres que no se doblegan (tenía la experiencia del Bautista) y que por mucho que amenace sólo conseguirá quedar él en ridículo.

Jesucristo soporta serenamente las burlas y el que le vistan túnica de loco, pero aun ésta la llevará con dignidad.


Jn 18, 28 -19, 11. Juicio de Pilato. Es de los pasajes evangélicos en que más claramente se manifiesta la majestad de Cristo.
Era absoluto el desprecio de los romanos por los judíos. Cuando le presentaron a Jesús, Pilato no experimentó más que fastidio y rechazo pensando que ya empezaban los disturbios con motivo de la Pascua. Jesús era para el procurador romano un judío miserable. Por eso la conducta de Pilato es un reflejo maravilloso de la majestad de Jesucristo. Sin decirlo S. Juan expresamente, plasma de modo admirable la transformación que se opera en el romano ante la figura de Jesús y del diálogo con Él; cómo va pasando del desprecio hasta llegar incluso al respeto en el coloquio último. Precisamente cuando es juzgado y va a ser condenado a la cruz, es cuando Jesucristo aparece en toda su dignidad, aun después de quedar destrozado por la flagelación y el dolor humillante de soportar el juego de “el rey de burlas”, con la corona de espinas, el manto de púrpura sucio y roto y el cetro de caña.
Ya en las primeras palabras queda Pilato sorprendido por las respuestas de Cristo: “¿Eres tú el rey de los judíos? (…) Respondió Jesús: ‘Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido (…) pero mi Reino no es de aquí’. Entonces Pilato le dijo: ‘¿Luego tú eres rey?’
Respondió Jesús: ‘Sí, como dices soy Rey. Para esto he nacido yo y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la Verdad, escucha mi voz’.” Admiremos la majestuosa serenidad que encierran estas palabras, cuando Jesús se está jugando la vida; la dignidad serena sin alardes con que responde al juez, y cómo basta para convencer a Pilato de la inocencia de Cristo; por eso a continuación dice a los judíos: “Ningún delito encuentro yo en él”.
Cuando los acusadores lo incriminan de que se tiene por Hijo de Dios, “Pilato se atemorizó aún más (…) y dijo a Jesús: ‘¿De dónde eres tú?’ Pero Jesús no le respondió. Le dice Pilato: ‘¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?’ Respondió Jesús: ‘No tendrías ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba…’.”

Indiquemos solamente: a) Qué majestad descubre Pilato en Jesús como para que, cuando le dicen que se tiene por Hijo de Dios, sienta más temor. b) El silencio de Jesús cuando Pilato no pregunta como juez, sino para aclarar un motivo de temor. c) La serena libertad con que le hace ver que el poder de que presume Pilato viene de Dios para que él lo ejerza según justicia, y no a su arbitrio.

Dos virtudes de Jesucristo: la valentía y la prudencia

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