Discernir para decidir

1.- INTRODUCCIÓN


Al abordar las Reglas de los Ejercicios Espirituales (EE) (de discernimiento de espíritus, para ordenarse en el comer, para distribuir limosna, para sentir con la Iglesia), pensemos que nos hallamos en la médula de la espiritualidad ignaciana, y además son temas de una gran actualidad. Estudiaremos cómo el Espíritu actúa de manera «inmediata» sobre el corazón, un presupuesto ignaciano necesario para vivir una verdadera libertad y cualquier elección de estado o reforma de vida. El hombre de espíritu se decide siempre a partir del lenguaje de Dios, que es el que confiere plenitud a su persona; decide movido por el desinterés y el amor. El hombre elige lo que Dios le ha puesto previamente en el corazón.


Existen dos grandes líneas de comprensión del discernimiento de espíritus, que suelen hallarse entremezcladas y, a veces, se suelen confundir. Una dogmática y otra ascético-espiritual.
– La primera se refiere a la doctrina y distingue, como si fuera un experto cambista, la verdad dogmática del error por el ‘cuño’ que ostentan las monedas.
– La segunda, en cambio, verifica la «procedencia» de las mociones, si provienen «del buen o del mal espíritu», por el poso que dejan en nuestro interior, con vista a avanzar por el camino de la ascesis, lograr la perfección (la pureza del corazón) y hallar la voluntad de Dios. Ignacio se sitúa abiertamente en esta corriente ascético-espiritual.


2.- EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA MOCIÓN


[313] REGLAS PARA SENTIR CONOCER DE ALGUNA MANERA LAS VARIAS MOCIONES QUE SE PRODUCEN EN EL ALMA: LAS BUENAS, PARA RECIBIRLAS, Y LAS MALAS PARA RECHAZARLAS. SON MAS PROPIAS PARA LA PRIMERA SEMANA.


Por su mismo contenido semántico la palabra moción describe aquel impulso afectivo, que acontece en la interioridad de la persona y es el resultado de un conocimiento sensible-emocional sobrevenido de fuera, que afecta al ámbito del deseo y lo configura en alguna dirección.


Por su origen divino, algunas mociones son signo de la voluntad divina y el modo ordinario y habitual de dirigirse Dios al hombre para otorgarle, en el amor, la plenitud y con ella la verdadera libertad. Son “lenguaje” de Dios.


La palabra «espíritus», por su parte, encierra en el texto ignaciano tres significados distintos: 1) O bien equivale a los diversos movimientos, concretos, que manifiestan una cierta tendencia; 2) o bien dice relación a las causas de donde proceden; 3) por último, se refiere a la bondad y malicia intrínseca de las mismas tendencias (el buen y el mal espíritu).


Son del buen espíritu aquellas tendencias que inducen al bien limpio «sin mezcla» y confieren al hombre madurez, plenitud y libertad en su búsqueda del Bien, más allá de todo otro interés. Las del mal espíritu, por el contrario, son principalmente direccionales, se refieren al camino, y desvían de la correcta dirección o inducen a la vuelta atrás.


Las consolaciones y desolaciones son principalmente sentimientos, y con frecuencia se deriva de ellas una fuerte «tendencia hacia» algo. Mientras que los espíritus y afecciones son tendencias marcadas por un fuerte rasgo emocional (direccional) hacia adelante o hacia atrás.


3.- HISTORIA DE LA REDACCIÓN DE ESTAS REGLAS Y SU ESTRUCTURA


Por los datos que nos aportan los testimonios sabemos que el análisis de las mociones nace en Loyola (1521-1522), cuando san Ignacio constata diversidad de sedimentos afectivos que dejaban en él los pensamientos en que a veces se demoraba.


Ya en París (1535) estas Reglas constaban de tres elementos fundamentales: 1) la definición de consolación-desolación; 2) una regla básica sobre el comportamiento que se debía seguir en tiempo de desolación, y 3) finalmente de la distinción entre la consolación con causa o sin ella.


La carta a Teresa Rejadell, (1536) nos ofrece un desarrollo mucho más amplio de todo lo anterior. Consta de 6 núcleos fundamentales: 1) El modo de actuar del enemigo con los que comienzan a servir a Dios; 2) Las seducciones del enemigo en el tiempo que sigue a la consolación; 3) también en la desolación. 4) El origen de estas diversidades de espíritus; 5) El principio general que se debe seguir para reaccionar frente a todas estas ‘suasiones’; 6) una incipiente descripción de la consolación sin causa.


Estas Reglas se van intuyendo ya en la primera época de Ignacio, la que pertenece al período de Loyola y Manresa. La Autobiografía da testimonio de que Ignacio, durante su convalecencia de Loyola, también en su época manresana, experimentó fuertes conmociones internas. Esto despertó su interés por conseguir una mayor información, de palabra y por escrito, acerca de la actividad del Espíritu de Dios.


La estructura de las Reglas consta de ocho apartados distintos: 1) El lenguaje de Dios [316-317], Consolación-Desolación; 2) El doble comportamiento frente a las tendencias que nacen de tales mociones [318-321] y [323-324]; 3) La interpretación de la desolación [322]; 4) Tres parábolas sobre la tentación manifiesta de 1ª Semana [325-327]; 5) El criterio universal de la actividad del Espíritu de Dios [329]; 6) La consolación sin causa [330] y su complemento [336] (que es un añadido de última hora); 7) La consolación con causa [331] y su proceso posterior, de tentación «bajo especie de bien» [332-334]; 8) Y la gran apertura de todas las reglas: «proceder adelante en el bien obrar» [314-315]. Este mes solamente veremos estas últimas.


4.- ADELANTAR EN LA VIDA ESPIRITUAL


[314] 1.ª regla: en las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciéndoles imaginar deleites y placeres de los sentidos, para conservarlos y hacerlos crecer más en sus vicios y pecados; en dichas personas el buen espíritu actúa de modo contrario, punzándoles y remordiéndoles la conciencia por el juicio recto de la razón.


[315] 2.ª regla: en las personas que van intensamente purgando sus pecados, y de bien en mejor subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor, sucede de modo contrario al de la primera regla; porque entonces es propio del mal espíritu morder (con escrúpulos), entristecer y poner obstáculos, inquietando con falsas razones para que no pase adelante; y propio del buen espíritu es dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos los impedimentos, para que siga adelante en el bien obrar.

San Ignacio de Loyola


Ignacio comenzó a redactar las reglas de discernimiento por el lenguaje de Dios [316-317]. Pero posteriormente se vio en la necesidad de anteponer a todo el conjunto dos reglas que reflejaran una experiencia común a todo principiante en la vida espiritual: la necesidad de proceder siempre adelante en el bien obrar, superando las dificultades aparentemente insalvables que para ello se le presentaban en el tiempo que sigue inmediatamente a la primera conversión. Elevó así la experiencia de los comienzos a la categoría de norma el lenguaje de los dos espíritus con relación a la libertad en la búsqueda del bien. La vida espiritual es un camino en el que el hombre no se puede detener, sino que debe siempre avanzar. Ir hacia adelante y superarse constantemente en el bien obrar es el principio básico de la salud espiritual, mientras que ceder a la inercia o bien ante la dificultad de los comienzos, no conduce a otra cosa que a la autodestrucción.


Desde el punto de vista formal, el centro cae en la contrariedad (contrario modo) de las intenciones de los dos espíritus, que no varía en ninguna ocasión: el enemigo trata de frenar el movimiento, mientras que el buen espíritu induce siempre a proceder adelante en el divino servicio mediante la práctica del «bien obrar». Los verbos principales que atañen a la actividad del que se ejercita son todos ellos de movimiento, mientras que los que se refieren a la actividad de los espíritus son de frenado.


Las dos reglas describen situaciones paradigmáticas, propias del momento inmediatamente anterior o posterior a la primera conversión. Pero por haber sido elevadas a la categoría de ley universal, son dos reglas válidas y aplicables a cualquier momento y situación en que la persona se pueda encontrar. En cualquier hipótesis, al iniciar los Ejercicios el hombre debe comenzar por discernir si avanza o retrocede en su práctica del bien. Porque según sea la respuesta que dé a esta cuestión podrá constatar la variedad de los obstáculos (impedimentos) que experimenta para proceder adelante y la diversidad de las mociones que le inducen a avanzar o a retroceder. De donde se deduce que en la vida espiritual la ley universal consiste en «proceder siempre adelante» en el servicio de Dios nuestro Señor.


Bien es verdad que a los comienzos existen unas resistencias muy peculiares provenientes de la situación inicial y que cuando la persona supera esta etapa inicial y avanza decididamente hacia el bien, las mociones de los espíritus varían y se invierten. De donde se deduce que la «disposición del alma» a estos espíritus son el origen de la variedad y alternancia de dichas mociones [335].


5.- LA ALTERNANCIA DE LA ACTIVIDAD DE LOS ESPÍRITUS


En la situación espiritual A: «las personas que van de pecado mortal en pecado mortal», el enemigo trata de paralizar el movimiento haciendo que el hombre no «pase adelante».


Para ello se sirve principalmente de la inercia emocional que proviene de la situación pecaminosa en que el individuo se encuentra, así como del influjo ambiental sobre su mundo sensible. Ambas cosas refuerzan la situación emocional de la desolación y aumentan la percepción que se tiene de los impedimentos, presentándolos como obstáculos insalvables hasta llegar a crear en él una falsa paz: ¡A fin de cuentas todo da igual! El enemigo pretende que el hombre se instale así definitivamente en su parálisis y, al acrecentar sus vicios y pecados, se sienta radicalmente incapacitado para avanzar.


Es la tentación manifiesta que niega el poder de la gracia, haciendo que el individuo se abandone irremisiblemente a la propia situación.


Mientras que el buen espíritu, por el contrario, apela a la «recta razón» de la conciencia. Ejerce su influjo sobre aquella parte más sana de la naturaleza humana que se halla ordenada al bien, sin mezcla de mal, en coherencia con el fondo de su ser. El hombre está bien hecho, su verdad más profunda busca el bien, aunque con frecuencia se halle en contradicción consigo mismo. Por ello el buen espíritu punza y espolea para que el individuo, sacudiendo su pereza, salga decididamente de aquella situación.


En la situación espiritual B: «las personas que van intensamente purgando sus pecados y en el servicio de Dios […] de bien en mejor subiendo».


San Ignacio describe de dos modos esta situación: Se trata de personas que se hallan en el momento inmediatamente posterior a su conversión, en un período de fuerte purificación. Caminan habitualmente en la búsqueda de la voluntad divina, en la dirección correcta del mayor servicio. Y progresan por el desinterés del amor propio en la búsqueda permanente del mayor agrado de Dios.


En ellas el enemigo, sirviéndose de la mentira, ejerce su influjo sobre la sensibilidad. Provoca para ello un «dolor-miedo-e-inquietud», destructivo y paralizante, representando abultados impedimentos para progresar en el servicio de Dios, «como son trabajos, vergüenza y temor por la honra del mundo» [9], e inquietando principalmente con falsas razones que influyen sobre su todavía frágil sensibilidad. El engaño y la mentira serán así las armas que traten de frenar su débil emotividad para que no progrese en la nueva vida ni en el servicio de Dios.


Mientras que el buen espíritu consuela, da ánimo y fuerza inspirando en él el don de la consolación, única arma capaz de liberarle de todos los impedimentos y crear en él la facilidad para el bien obrar. Sólo la consolación es verdaderamente poderosa para despejar y presentar en toda su grandeza el horizonte del servicio de Dios.


En resumen: El enemigo ejerce su influjo en lo periférico, y carece de poder. Por irreversible que parezca la situación, la gracia todo lo puede. Más allá del espejismo de la sensibilidad y de la enorme dificultad que representa la nueva vida, la verdadera felicidad se halla más allá, en coherencia con la recta razón movida por el amor y los consuelos que se derivan de la comunión con Dios. La actividad del buen Espíritu en los primeros compases de la vida espiritual consiste en un impulso hacia adelante, que trata de superar todo tipo de obstáculos y de avanzar.

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