Amar como Cristo: gratuidad, reciprocidad y caridad en el amor a Dios y al prójimo

Desde la perspectiva cristiana, el amor a Dios constituye el centro de la vida espiritual. La Iglesia no condena amar a Dios por sí mismo, sin buscar principalmente recompensas o beneficios personales. Al contrario, la tradición de santos y místicos ha considerado que una forma elevada de amor consiste en amar a Dios por quien es, por su bondad, verdad y belleza infinitas. Sin embargo, este amor no excluye la esperanza cristiana. La Iglesia ha rechazado ciertas formulaciones que pretendían separar radicalmente el amor de la esperanza, como si el creyente no debiera desear el cielo o preocuparse por su salvación. El cristiano puede amar a Dios gratuitamente y, al mismo tiempo, esperar legítimamente la unión eterna con Él.

Este amor a Dios puede describirse como un amor gratuito, pero no como un amor indiferente a la reciprocidad. En el cristianismo, Dios no es un ser impersonal al que se ama unilateralmente, sino alguien que ama primero y llama al ser humano a responder libremente. Por eso, el amor cristiano a Dios es también una respuesta al amor recibido. «Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19). La relación con Dios posee así un carácter personal y recíproco, aunque la iniciativa siempre pertenezca a Dios.

El modelo supremo de cómo amar a Dios y a los demás es Jesucristo. En Cristo se manifiesta un amor total al Padre, expresado en la obediencia, la confianza y la entrega. Al mismo tiempo, Cristo muestra cómo debe ser el amor humano: un amor que busca el bien del otro, que respeta su libertad y que no se reduce al interés propio. Su vida revela que el amor auténtico no consiste únicamente en sentimientos, sino también en actos concretos de servicio, misericordia y fidelidad.

En cuanto al amor humano, conviene distinguir entre diferentes formas de amor. La amistad, el amor familiar y el amor esponsal implican una dimensión de reciprocidad y correspondencia mutua. Son relaciones en las que existe un afecto compartido, una confianza recíproca y un reconocimiento mutuo. Cuando esta reciprocidad existe, el amor puede desarrollarse plenamente como amistad profunda, comunión familiar o unión esponsal.

Por otra parte, el mandato cristiano de amar al enemigo no debe confundirse con la obligación de convertirlo en amigo, confiar en él o mantener una relación cercana con quien persiste en causar daño. Amar al enemigo significa querer su bien, reconocer su dignidad humana, renunciar al odio y no buscar su destrucción. No significa negar la realidad del mal sufrido ni renunciar a la prudencia, a los límites o a la justicia. Puede haber caridad hacia una persona sin que exista amistad con ella.

Asimismo, resulta peligroso entender el amor como un medio para cambiar o controlar a los demás. Amar con la expectativa principal de transformar al otro puede conducir a la manipulación, la dependencia emocional o la frustración. El amor auténtico respeta la libertad de la persona amada y reconoce que nadie puede garantizar la respuesta o la conversión de otro. El cristianismo invita a amar porque el otro posee dignidad y valor ante Dios, no porque vaya necesariamente a corresponder o a cambiar.

Por ello, es importante distinguir entre la caridad universal, que se extiende a todos los seres humanos, y aquellas formas de amor que requieren reciprocidad para existir plenamente. Todo ser humano debe ser tratado con respeto y benevolencia, pero no toda persona es necesariamente amiga, familiar o cónyuge. La caridad puede existir sin amistad; la amistad, en cambio, requiere cierta reciprocidad.

De todas formas es de todos conocida la máxima de San Juan de la Cruz: «donde no hay amor, pon amor y recogerás amor

En definitiva, desde el cristianismo, amar a Dios significa responder libremente al amor con el que Dios ama primero, buscando su voluntad y uniendo a Él la propia vida. Y amar al prójimo significa querer su bien por amor a Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo. Cristo enseña tanto a amar como a dejarse amar: ama al Padre con entrega total, ama a los seres humanos hasta el extremo, recibe el amor de sus amigos y discípulos, y muestra que el amor alcanza su plenitud cuando es libre, verdadero y correspondido, sin dejar de ser misericordioso incluso allí donde no encuentra reciprocidad.

Dicho de otro modo:


En la teología católica, no está condenado amar a Dios por sí mismo, sin buscar recompensas.

De hecho, muchos santos describen un amor muy elevado en el que Dios es amado por quien es, no principalmente por los beneficios que concede. Por ejemplo, San Bernardo de Claraval, Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz hablan de formas de amor desinteresado hacia Dios.

Miguel de Molinos

Lo que sí fue objeto de controversia fue el quietismo o Molinismo, especialmente asociado a Miguel de Molinos, y algunas tesis del llamado amor puro defendidas por François Fénelon. El problema no era simplemente amar a Dios sin interés, sino afirmar cosas como:


• Que el alma perfecta ya no debe preocuparse por su propia salvación.
• Que no debe desear el cielo ni temer el infierno en absoluto.
•Que puede llegar a una indiferencia total respecto a su destino eterno.
• Que ciertos actos explícitos de esperanza o petición serían inferiores o incluso impropios.

Por otro lado la célebre frase «puras como ángeles y orgullosas como demonios» fue atribuida a un obispo francés y resume el espíritu del jansenismo que rigió a la abadía de monjas de Port-Royal durante el siglo XVII. Es decir que el hombre no puede salvarse, no es libre. Y curiosamente llevó al moralismo extremo.

Cornelio Janaenio

El amor no puede hacerse estricto: jansenismo, ni pasivo: quietismo.

La Iglesia sostuvo que la virtud teologal de la esperanza sigue siendo legítima y necesaria: el cristiano puede y debe desear la unión eterna con Dios (el cielo). El error estaría en oponer radicalmente el amor a la esperanza, como si amar a Dios implicara renunciar a toda esperanza de salvación.
En otras palabras:


Ortodoxo: “Amo a Dios por sí mismo, y además espero alcanzar la bienaventuranza con Él.”
Problemático o herético, según las formulaciones condenadas: “No debo desear el cielo ni preocuparme por mi salvación; toda esperanza de recompensa es imperfecta y debe desaparecer.”

San Agustín de Hipona, corazón inquieto

Por tanto, la proposición “hay que amar a Dios sin esperar nada a cambio” puede ser aceptable si significa que Dios es amado principalmente por quien es. Pero si significa que la esperanza del cielo es ilegítima o debe eliminarse completamente, entonces entra en conflicto con la doctrina católica tradicional sobre la virtud de la esperanza.

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