El miedo y la confianza. El líder crea cultura.

Erradicar una cultura negativa es una prioridad esencial, difícil y lenta. No existe el miedo sano. Estamos siempre hablando del miedo que se puede experimentar en la familia —no en un atraco o una guerra — un padre, madre, esposo, esposa, hijo o hija normal —no una persona cobarde o inestable .

Este miedo es una perturbación desagradable y angustiosa del ánimo ante un peligro real o imaginario; presente o potencialmente futuro. Debilita la inteligencia. Maximiza los obstáculos y dificultades. Desdibuja los vínculos. Impide la deliberación y discernimiento serenos y equilibrados. Mengua el compromiso personal. Uno se bloquea y tiende a no actuar. Inutiliza a la persona. Niega las relaciones sanas.

El miedo tiene un efecto devastador en nuestra identidad como personas. Y su efecto es tanto inmediato como retardado.

Esto tiene su origen en muchos padres buenos que utilizan su poder para mantener a raya a los demás, guardando la distancia y el respeto debido: lo único que hacen en el fondo es transmitir su propio miedo, su falta de confianza en sí mismos, su debilidad de carácter y su pobre autoimagen. Uno no se fía nunca de alguien que actúa con miedo. El miedo es un motivador destructivo. En esta cultura lo tenemos tan interiorizado que incluso desencadenamos miedo sin querer, desmotivamos con facilidad e intimidamos inconscientemente a los familiares.

Por otro lado confianza es la capacidad de hacerse vulnerable abandonándose deliberadamente en las manos de otra persona. El límite de vulnerabilidad es el límite de confianza. Dependemos de la cooperación y de la comunión; es inevitable. No se puede imponer por decreto. Uno tiene que renunciar a querer ser dueño de las personas y de la familia; en mayor o menor grado, siempre se está en las manos de los demás. Lenin decía «La confianza es buena; el control mejor». Aprendió a desconfiar; de hecho no se puede aprender a confiar; sólo un yo bien articulado confía en sí mismo y, finalmente, en los demás.

Un padre, madre o hijo que crea confianza potencia la comunión, la cooperación, logra mucho más fácilmente los objetivos familiares e introduce sin dificultad cambios e innovaciones. La comunión fluye.

Por el contrario, el aumento del control desmotiva. Todo funciona por fricción. Es un sistema en el que el padre o quien fuera manipula, crea miedo y el otro responde infringiendo un severo castigo de mil formas distintas que pueden originar unos costos afectivos y emocionales extraordinarios, en primer lugar costos de falta de comunión y de falta de perdón.

También crea confianza ejercer la disciplina correctamente. A una persona indisciplinada o con actitud negativa se le debe hacer caer el peso de la autoridad para que se ponga en el camino de la confianza, preferiblemente por las buenas.

El liderazgo en los padres es un factor clave para la familia. Los hijos también serán líderes a su vez por ósmosis.

Un líder es el creador de un determinado estado positivo de conciencia. Es aquel que desarrolla la confianza de los demás.

Una familia líder es aquella que comunica al entorno su propio carácter, y siempre es la persona la clave de todo. El desafío y el avance no tienen lugar en la tecnología, ciencia o economía, sino en el plano espiritual.

Un padre, madre, hijo es un líder cuando ayuda conscientemente a cada uno de los que le rodean a aumentar su autoconfianza y autoestima, la que tienen en sí mismos. Empuja a los demás a elevar el concepto de su propia identidad y a reflexionar sobre el contenido que pueden dar a su vocación, a interiorizar desafíos, a ser más humanos, más libres, a trabajar por una sociedad más justa, a elevarse por encima de sus preocupaciones, en una palabra, a autotrascenderse.

El líder crea liderazgo, pues desarrolla personas para que responsablemente se encarguen a su vez de la misión.

La cultura actual contra la que luchamos es a la que achacamos muchos de nuestros males, pero interiormente, en las propias familias y en propia Iglesia hemos desarrollado una cultura de miedo debido a la mala gestión y ejemplo de muchos obispos, párrocos, padres y gente de Iglesia.

«Os quejáis de la agresión de enemigos externos. Si el peligro de la invasión bárbara desapareciera, ¿no quedaríamos expuestos los romanos a una agresión interna civil más feroz? Os quejáis de las malas cosechas, de las hambres, de la sequía y descenso de la producción de los esclavos. ¿Pero acaso nuestras peores hambres y la flagrante miseria no se deben a nuestra rapacidad, al aumento del precio en el comercio del trigo, al deseo de un lucro excesivo?» San Cipriano.

Nos quejamos del individualismo de esta sociedad, del utilitarismo en las decisiones y en la ética, del afán de riquezas y avaricia, del consumismo exacerbado, del pansexualismo que acompaña nuestra vida se mire por donde se mire, de los falsos espiritualismos, de romper la vida privada y la pública viviendo en un dualismo atroz, de la corrupción y nos quejamos de más y más males sociales, económicos y políticos que vivimos. Y nos excusamos diciendo que ellos son los culpables de todos los males y de la pasividad de los ciudadanos.

Sin embargo la inacción interior de las familias y la falta de lucha no es tanto por estos peligros externos, cuanto por los enemigos internos, uno de los cuales es la falta de liderazgo a todos los niveles.

La familia es vital para el funcionamiento de la sociedad y de la Iglesia. Lideremos con pasión.

Blog Del Santo Nombre de Jesús

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