La Responsabilidad ética de los medios de comunicación

Liderazgo Mediático.

Consideraciones éticas a propósito de las elecciones norteamericanas por José Luis Fernández Fernández.

Resultaría excesivamente pretencioso un análisis valorativo de las múltiples y complejísimas derivadas del proceso electoral a la presidencia de los EE. UU. Máxime, cuando uno, nacional de otro país, que no vive en primera persona la realidad que enjuicia, ha debido de ir formando su opinión a través de los medios de comunicación. Es decir, a partir, siempre, de fuentes secundarias, de ordinario más preocupadas por arrimar el ascua a su sardina y ayudar a su señor, que por presentar de forma objetiva e imparcial la realidad de las cosas.

Por ello, al objeto de no caer en la temeridad que supone la osadía de hablar acerca de lo que no se conoce en profundidad, haré girar mis consideraciones en torno a la responsabilidad política del denominado cuarto poder. Comparto con ello algunas de las reflexiones que suscitó en mí el seguimiento que hicieron de la cita electoral los medios norteamericanos que sigo habitualmente.

Como he percibió de manera muy clara en el caso que nos ocupa, al ser los medios de comunicación quienes, en buena medida, construyen la realidad política, tienen una muy seria responsabilidad ética que sería bueno para todos, en aras del Bien Común, que trataran de atender.

En efecto, los medios -así lo he creído ver- no sólo crean estados de opinión, sino que, con muy poco esfuerzo, fueron capaces de excitar los ánimos más templados; y de alentar actitudes rayanas en el fanatismo, cuando no en la intolerancia. Por ello, se habría hecho un gran favor a la vida pública, si se hubiera utilizado adecuadamente el diapasón mediático para rebajar el tono de los discursos, moderar la excentricidad y eliminar el ruido de las propuestas. Aunque, a juzgar por lo visto, se ha desaprovechado una oportunidad estupenda para ello, no todo debe darse, sin embargo, por perdido.

De hecho, haciendo de la necesidad virtud, cabría tomar nota de las deficiencias identificadas en la cobertura mediática de las elecciones estadounidenses y, sin tener que arrogarme la pretensión de impartir lecciones acerca de cómo debieran realizar su trabajo los medios norteamericanos, sí que, al menos, estimo oportuno formular algunas preguntas cuyas respuestas pudieran iluminar el propósito organizativo de las empresas mediáticas, asumiendo de buen grado el partidismo que, en concreto, cada propuesta informativa tenga por conveniente apoyar, con tal
de que lo haga de manera abierta, responsable, transparente y bien fundada.

Los medios de comunicación son empresas mercantiles que buscan el beneficio económico, vendiendo información en un mercado cada vez menos plural y libre, pese a lo que pudiera parecer, a tenor de las posibilidades que la tecnología ofrece.

Ahora bien, más allá de todo ello, ¿no deberían también los medios de comunicación contribuir a posibilitar y generalizar una convivencia pacífica y dialogante; donde fuera posible discrepar sin excluir ni verse por ello excluido; y donde -convencidos unos y otros por la ecuanimidad habitual de los mensajes, por la lógica interna de los argumentos, por la sensatez con que van formulados y por el tono ponderado y equitativo con que se transmiten- todos acepten de buen grado el juego democrático como el mecanismo ordinario para reafirmar o, en su caso, sustituir gobiernos, de
forma incruenta y en períodos recurrentes y previstos?

No es romper ningún secreto afirmar que todos los medios tienen su agenda, su línea editorial y sus objetivos, más o menos explicitados y confesables. Tampoco constituye desdoro alguno, -¡antes, al contrario!- reconocer que la asepsia informativa, al margen de imposible, resulta innecesaria. De hecho, es ésta la parte de la ecuación en la que entra en juego la capacidad crítica del lector prudente, que debiera adoptar y tener bien entrenada una actitud de sano escepticismo metodológico, a la hora de “leer” el mensaje que se le está contando, y que, naturalmente, al emisor le interesa que quien lo recibe lo acepte y haga suyo, a ser posible, con entusiasmo.

Esta especie de deflación del discurso hiperbólico constituye un ejercicio muy sano y recomendable. Y si bien, con los medios de comunicación tradicionales, se viene haciendo desde hace décadas, la expansiva panoplia de las redes sociales aconsejaría extremar la precaución y robustecer la habilidad para el análisis crítico de los relatos que desde aquéllas se nos van construyendo. Porque, lo cierto es que, a tenor de lo que se observa, parece que no soplan precisamente buenos vientos para una información objetiva, rigurosa y seria. Son éstos, tiempos de fake news -en cristiano: bulos, infundios, engaños, mistificaciones o, simplemente, mentiras-; y de loas gratuitas e interesadas a favor de una supuesta y peligrosa época de la post verdad. Contra este estado de cosas, sin embargo, merece la pena luchar abiertamente, oponiendo de manera expresa a sofismas y subterfugios los valores de la veracidad y la franqueza, sin los que se vería arrumbado el último reducto para la libertad. Lo habríamos dejado escapar de nuestras manos para siempre jamás: igual que, cuando niños, con el aquel del despiste, soltábamos globo, sin que -¡ay!- pudiéramos luego volver agarrarlo, por más que saltáramos, lloriqueáramos o le pidiéramos a papá que nos lo bajara, cuando se elevaba rumbo a un cielo que acababa por hacerlo desaparecer ante nuestra ingenuidad sorprendida.

Porque, si se generaliza y da por buena aquella especie de hiper relativismo
gnoseológico, donde lo mismo da una cosa que otra -ocho que ochenta y so que arre- se corre el grave riesgo de poner en peligro aspectos muy básicos de la fábrica social. Acabaría, no sólo entorpeciéndose grandemente la posibilidad de que se produjera el entendimiento entre las personas y los grupos, sino, sobre todo, se iría haciendo desaparecer la voluntad de cooperación y el deseo de implicarse en proyectos que estimularan la convivencia y fueran capaces de proponer objetivos compartidos para la vida en común, de los que tanta falta por otra parte, tenemos.

Que ya está bien de separar -tanto, merced a los separatistas, cuanto a los separadores-; y ya basta de andar restando energías y dividiendo a la gente, cuando lo que se necesita y empieza a echar cada vez más en falta es, precisamente, la voluntad de sumar esfuerzos para multiplicar las opciones de dar salida a los muchos y serios retos que habremos de afrontar para ver de solucionarlos… entre todos. Quiérese decir, las administraciones públicas de uno u otro signo; la sociedad civil, en todo su amplio espectro -desde las Organizaciones No Gubernamentales de cualquier laya y tenor hasta, por caso, la Agrupación Española de Ganaderos de Reses Bravas-; las mismas empresas, como agentes económicos y sociales que son; y todos y cada uno de los ciudadanos. Que en esta tarea no habría de sobrar nadie. Y merece la pena convocar y dejar de provocar.

Ahora bien: no seamos ingenuos: dadas las circunstancias y contando con los medios tecnológicas de que hoy se dispone, lo cierto es que se puede hacer mucho daño con muy poco esfuerzo: basta, como va dicho, con propalar con eficacia algunos infundios; tergiversar ciertos mensajes estratégicamente escogidos; sacar de contexto unas declaraciones más o menos desafortunadas; extrapolar anécdotas, generalizar de manera apresurada y sacar conclusiones falaces. No hace falta mentir, es suficiente con divulgar rumores interesados o difundir medias verdades torticeras. Sabido es que, tras las acusaciones, más o menos fundadas, crecen las suspicacias, se generalizan los recelos y se extiende peligrosamente la desconfianza. El latinajo viene al pelo: ventum seminabunt et turbinem metent… porque, sabido es de hace tiempo que quien siembra vientos, recoge tempestades. Y luego no vale andar con lamentos y plañimientos.

Un peldaño más arriba en la escala de la desinformación intoxicante está, naturalmente, la verbalización del exabrupto, la amenaza explícita y, sobre todo, la demonización del que piensa de forma distinta. A este espectáculo se ha asistido, por desgracia, con más frecuencia de la deseable y de la que sería de esperar en un país avanzado, culto, respetuoso y tolerante.

También resulta muy peligroso generar paranoias, sobre todo, si se tiene en cuenta la credulidad y la falta de entrenamiento en el análisis crítico de la realidad de que muchas personas hacen gala respecto a lo que cuentan los medios y las redes sociales. Por suerte, en el caso que nos ocupa, la cosa no se acabó saldando con respuestas violentas en la calle. Ello pese a que lo cierto es que se llevaron a cabo -ya sea a propio intento o de manera inopinada- estrategias comunicativas, objetivamente capaces de provocar en amplias capas de la población -sobre todo aquéllas más fácilmente manipulables- miedos irracionales ante la eventualidad de que las elecciones las ganaran, ya los unos ya los otros… pero, en todo caso, no los nuestros; o sea, que las ganaran “los malos”.

Con este tipo de actuaciones, lo que se consigue, es que, ipso facto, los simples adversarios y meros oponentes se conviertan en enemigos -a menudo irreconciliables-, en vez de ser lo que, realmente son: simples conciudadanos que, aunque apuestan, con toda legitimidad, por opciones distintas en lo político; por estrategias diversas en lo económico; e incluso por modelos alternativos en lo cultural; sin embargo, serían capaces -eso sí, con un poco de buena voluntad y el adecuado nivel del discurso mediático- de compartir algunos principios básicos y ciertos valores comunes a partir de los que empeñarse por reforzar la concordia, la mesura, la paz social; y mitigar lo que divide, suavizar lo que polariza y, a la postre, deteriora la calidad de la vida en común, dificultando el desarrollo social e impidiendo el progreso humano.

Por eso, los lectores que quieran formar criterio y, dentro de lo posible, tratar de pensar por cuenta propia, harían bien en seguir las siguientes recomendaciones, formuladas a modo de antídoto contra la intoxicación informativa -y diría incluso, contra lo que en alguna parte vi calificar, con feliz neologismo acorde a estos tiempos de algoritmos capaces de deep learning, como infoxicación mediática- en el ámbito político.

Ante todo, a modo de axioma, habría que partir de que no se debiera tanto de tratar de buscar en los medios y redes sociales el eco de la propia voz, cuanto de aprender a sintonizar de manera crítica con aquellos de los que se discrepa. Al fondo, se requiere una cierta dosis de humildad que asuma la fragmentariedad de nuestros conocimientos, la inevitabilidad de los propios sesgos, el carácter de perspectiva con que nos aproximamos a una realidad dinámica, múltiple e inabarcable desde una mirada superficial.

Partiendo de ello y supuesta una imprescindible buena voluntad que estimule el deseo de entender aquella realidad incierta y cambiante, para, en su momento, tomar las mejores decisiones que la deliberación bien realizada acabe por ofrecer, suele revelarse como buena medida la que anima a beber siempre de varias fuentes.

Y, por principio, ponerse en alerta cuando vean que comparten al cien por cien el tono, el enfoque y los diagnósticos que le ofrece un determinado medio de comunicación. La duda, en estos supuestos, sigue siendo una potente clave metodológica a la hora de encaminarse en busca de la verdad; y la suspensión del juicio, una consigna prudente; al menos hasta que se logre aclarar las ideas o identificarlas con la suficiente distinción como para haberse uno formado criterio y estar en situación de discernir con solvencia y argumentar con fundamento lógico y sólido raciocinio.

Resulta muy aconsejable entrenarse en el difícil arte de no comprar de manera inmediata el relato entero a ninguna de las partes. Es buena consigna la que mantener una actitud de sensata epoché -como aquella famosa puesta entre paréntesis del método fenomenológico, tan en boga hace décadas-; desconfiar de los análisis simplistas, sobre todo cuando es tan palmaria la caricatura.

De hecho, hemos asistido, desde la perplejidad y el asombro, a la articulación de un discurso cuya estructura más parecía propia del género literario de los cuentos infantiles o de las películas del Oeste. La dicotomización artificiosa entre los unos -buenos absolutamente- y los otros -malos, malísimos- no tiene un pase. Al menos, desde una mirada mínimamente entrenada y crítica. Y, sin embargo, aquel cuento delos buenos y los malos, tan previsible, por lo demás, resulta adminículo cómodo de manejar, sobre todo, cuando no interesa salir de la consignilla y se tiene pereza intelectual o incapacidad manifiesta para el matiz, para l’esprit de finesse; y sobre todo para ejercer la osadía intelectual -el sapere aude kantiano que marca la senda de la Ilustración- que estimula a la gente a salir de la minoría de edad, a pensar por cuenta propia lo que se dice y a hablar en primera persona, diciendo, con el respeto debido, lo que se piensa.

Unos verán las cosas de una forma y otros la verán de otra. De hecho, es inevitable y hasta conveniente que así sea. Tanto en política, cuanto en cualquier otro ámbito de la vida humana y de la dinámica cultural, social y económica, caben puntos de vista, matices y perspectivas. Eso forma parte de la a vida. Precisamente por ello, no nos debiera caber otra que ejercer el pensamiento. Y los medios, en vez de manipularnos, debieran ayudarnos a ello, facilitando información lo suficientemente veraz y objetiva como para discernir desde un criterio bien informado.

Por eso, no es sensato abdicar de lo más esencialmente humano que tenemos a nuestro alcance: la racionalidad…Y ello va dicho, apuntando en una doble dirección. De una parte, previniendo contra el peligro de que la Inteligencia Artificial, mal entendida y peor utilizada, acabe dando como resultante el incremento de la estupidez humana. Y de otra, advirtiendo contra el riesgo de toda clase de demagogos y populistas que en el río revuelto de la pandemia aspiran a pescar peces a bragas enjutas.

Cierto es: la Inteligencia Artificial -creada, no se olvide, desde y por la inteligencia natural, la simplemente humana-, es mucho más capaz de almacenar, de combinar y de hacer cálculos… Ni Garri Kasparov se libró del jaque mate del Deep Blue. Pero eso no convierte a aquella Inteligencia calculadora y habilísima estratega, ni en pensante al modo humano -es decir, en lista-; ni, mucho menos, en razón práctica.

Cualquier Pepe Gutiérrez con un mínimo de sentido común, es mejor consejero en estos dominios que el algoritmo más sofisticado. Eso sí: para analizar macrodatos y buscar patrones emergentes, bienvenida sea la IA. Ahora bien, para escoger políticos, dictar sentencias, poner castigos, optar por unos valores morales en vez de por otros, dando cuenta y razón de todo ello en román paladino… que venga Pepe Gutiérrez y que hagan callar al algoritmo. Que estamos en otra página; hablamos idiomas distintos; que se trata de géneros literarios diferentes y, por ello, no conviene mezclar las ovejas de lana con las de carne…

Si este Caveat no va mal encaminado, menos aún lo habrá de ir el complementario; es decir, el que nos advierte y pone en guardia contra charlatanes, embaucadores y espabilados que tanto abundan en tiempos de crisis y confusión… Tampoco en este supuesto procede abdicar de la capacidad reflexiva, delegando en manos de otra gente el pensamiento para que -para nuestro propio bien, llegarán a afirmar-, nos digan luego lo que debamos opinar, a golpe de consignilla; y nos hagan hablar por boca de ganso, con voz delegada y mantra huero, en nombre de ellos y a su mayor gloria y provecho. Bailaríamos una música que no habíamos escogido…. Y, con el tiempo, a fuerza de atrofiar la capacidad crítica, haríamos de acabar en la triste sazón de vernos cornudos, apaleados y contentos…

Por eso, si tenemos el uso de la razón y la capacidad del lenguaje -el Logos, de los clásicos-, no lo desaprovechemos ya dia-loguemos. Esforcémonos por resolver las controversias de forma, sensata, ecuánime; ponderando pros y contras. Y, sobre todo, huyendo de maximalismos que apunten al todo o nada… recuérdese que, pese a promesas electorales y discursos aspiracionales de color de rosa, no porque ganen uno s-u otros-, mañana va a quedar arreglado el mundo. ¡Qué bueno sería!…

Nadie piense -¡ni por pienso!-, que, aupados al gobierno y asentados ya los nuestros en los despachos de las altas instituciones del Estado, esto va a devenir Jauja de la noche a la mañana. ¡Quia! Las realidades de la Polis son más complejas… Y, en todo caso, la sostenibilidad de los cargos electos, entre otras cosas, exige pragmatismo, puesto que, en gran medida dependerá de que sean capaces de gobernar para todos. Y no sólo para aquellos que les otorgaron sus votos… Por ello, salvo que se quiera eliminar el sistema democrático -¡Dios no lo permita!-, que entonces, sí: entonces, sobra todo lo que va dicho… Digo que, salvo que se busque sustituir la posibilidad de que el pueblo elija con libertad a quienes le representen; y les encargue que lo administren -con criterio, solvencia, eficacia y justicia-, durante un tiempo acotado; dejando abierta siempre la posibilidad de remoción incruenta, en virtud de nuevos consensos… salvo que se aspire a arrumbar en la escombrera de la acción política el sistema democrático y se lo sustituya por otro dictatorial al grito callado del ¡Trágala, perro!, de infeliz memoria… un sano escepticismo hará que el diálogo respetuoso brille como herramienta de lo humano -¡demasiado humano!- frente a las tinieblas del fanatismo, y al ropaje de la verborrea simplista con que se disfrazan, tan a menudo, intereses inconfesables.

Hoy más que nunca, son necesarios unos medios de comunicación que se quieran situar a la altura de los tiempos. Unos medios serios, profesionales, responsables. Que, tengan claro su propósito y que trabajen cada día por ser fieles a la triple misión de informar, ejercer de cuarto poder y servir al bien común. Enraizados en sólidos principios éticos, estarían en condiciones de contribuir a institucionalizar en la dinámica social, los valores de diálogo, tolerancia y la humildad gnoseológica necesaria para reconocer, como el dicho portugués, que você tem raçâo, mas non tem tuda. Es decir, que todos tienen razón, al menos, en parte. Pero que, entre todos, con voluntad de consenso, desde la veracidad y la franqueza, podríamos acabar avanzando notablemente en la construcción de una sociedad mucho menos crispada, menos polarizada y desigual; un entorno más propicio para una convivencia pacífica y armoniosa donde cada uno encontrara ocasión para vivir su vida de la manera más floreciente y plena posible.

Por: José Luis Fernández Fernández.

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